Observación Gastronómica 2

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CHAMBRE SÉPARÉE mayo 2019. (Gante. Bélgica)

Publicado por Philippe Regol el 21/05/2019
Publicado en: GANTE. 13 comentarios

 

 

El año pasado mi cena en CHAMBRE SÉPARÉE fue tan excepcional que este año decidí volver. De hecho mi semana como “de vacaciones” en París, en  la que disfruté de la capital (teatro, programas de Tv en directo, paseo delante de Notre-Dame etc…) y en la que no pude visitar Astrance (estaba cerrado), estaba pensado como el preludio de  mi viaje a Gante. Una excursión final que me hubiera gustado completar con una visita al 3 *** de la ciudad como Hof Van Cleve, pero fue imposible conseguir una mesa de 1 pax para el sábado mediodía. Y desde aquí quiero denunciar la dificultad que existe para conseguir mesa de 1 o de 3 en algunos grandes restaurantes.

En Chambre Séparée de KOBE DESRAMAULTS, nada de eso. Para bien o para mal , este restaurante , al tener solo 1 estrella y al estar aun fuera de los circuitos de moda al nivel internacional (solo nº 13 en la lista OAD), permite reserva de cualquier tipo por la web. Menos tal vez de una mesa de 8 personas ya que se trata de una barra baja, por cierto muy confortable,  en forma de “U”. Un poco como el sistema “Dos Palillos”, con los (pocos) camareros que te sirven las bebidas desde el interior  de la barra. Los cocineros son los que traen los platos.

Los únicos problemas de este restaurante son el humo (que te persigue hasta con la ropa de tu maleta hasta que llegues a tu casa), la música a toda pastilla y la iluminación de los platos que no es de las mejores. Pero no creo que todo esto le importe mucho a este cocinero.

El humo es lo que hay (aunque se pudiera mejorar la extracción) : horno tradicional y brasas de maderas buenas  son los “roners” de esta casa y el resultado  gastronómico es brutal.

La música es una de las pasiones de Kobe (incluso creo que “pincha”, como aficionado) y la estética de los platos no le debe preocupar mucho. Aquí estamos lejos del emplatado fine dining al uso que tanta alegría da a los instagramers del mundo, y tantos disgustos a los que simplemente queremos comer. Pero cualquiera que  sea el tipo de emplatado, nos gusta que se vea minimamente lo que comemos y, en mi caso, ilustrar lo mejor que pueda los textos de mis posts.

En mi artículo del año pasado, expliqué todas las cualidades gastronómicas de esta cocina y no lo voy a repetir. Este año he vuelto a vivir  la experiencia. Tal vez encontré un poco menos de opulencia en los productos que la otra vez  (el sublime rodaballo no se repitió, sustituido por un rubio («lluerna») muy rico pero menos espectacular). No hubo bogavante ni el famoso pichón madurado en heno. Hubo otras cosas sin duda maravillosas que enseñaremos luego. Eso sí, volví a comer el  espléndido cordero lechal de Valonia, asado lentamente al rescoldo de las brasas durante horas, jugando con la intensidad de la lumbre. Pedí repetir el plato.

El otro día me hicieron una pequeña entrevista para la web italiana Identità Golose, y Gabriele Zanatta (quien edita la guía homónima) me preguntaba  sobre cocineros infra valorados. Recalqué que cierto tipo de alta cocina estaba perdiendo interés para mi, y que las que me interesan son las que superan, al nivel formal, la dicotomía engañosa “alta cocina/cocina casual”.  Daba la cocina de Kobe Desramaults como uno de los posibles ejemplos de esta superación. En Alkimia/AlKostat también pasa algo parecido (pero sin salir tan “ahumados” je je).

Con este tipo de restaurantes se supera la dichosa dicotomía Tradición/Modernidad (y el término «vanguardia» ya no es operativo para definir estos estilos). Cuando se repiensan el asado a la brasa de piezas enteras, los fermentados, un hojaldre, un soufflé,  la sobriedad (hasta la fealdad) del emplatado, ya se está en el camino de una posible nueva modernidad, que empuja las cocinas de los efluvios de hielo seco, de los «juegos» visuales y de las «emociones» inducidas,  hacia terrenos de «vanguardias viejunas» (oxímoron que se me ha ocurrido últimamente, aplicable a los subproductos nacidos a partir de nuestro auténtico movimiento de vanguardia de los años 90-2000).(Tema por desarrollar).

En el caso de Kobe y a parte del tema de las cocciones, es interesante recalcar las condimentaciones que dan profundidad gustativa y aromática a los platos: sin hacer mucho alarde de ello, usa las fermentaciones para potenciar sabores, también “misos”  o como «nuoc mam» personalizados, vinagres de varias bayas o hierbas (albahaca thai, ajo del oso…) que  tiene en su mesa de trabajo y que usa al último momento para realzar los platos.

Creo que estos “misos”  son productos de la fermentación del propio pescado, a veces como garums texturizados con alubias. Potenciadores  de sabor originados por un trabajo sobre los retalles, pieles , espinas, vísceras de cada uno de los pescados. Elaboraciones  que se van guardando y adquiriendo con los años matices más complejos. Lo volveremos a ver con la vieira o otros mariscos del menú. Es el tipo de trabajo que me gustaría ver explicado en un congreso. En su taller del Forum Coruña Kobe se centró en el pase de las degustaciones, pero me parece que se ha guardado muchas explicaciones en la recámara. Kobe es un cocinero parco en palabras, y la cocina de Chambre Séparée se expresa por si sola, pero no se explica a través de un discurso hacia el comensal. Un poco al revés de muchas cocinas que tienen mucho rollo pero luego pocas «nueces» en boca. Es una cocina de «terrotorio» sin duda , flamenca en su inspiración, y en los productos, pero pasada por un filtro mental totalmente personal .

Este factor “tiempo” que es la base del trabajo previo realizado por este cocinero en el caso de esas pastas o colaturas, pero también en las maduraciones de algunas carnes como su famoso pichón madurado en heno durante tres semanas, se articula luego paradójicamente con una cocina del gesto, hecha a partir de muchas reflexiones previas, pero lejos de cualquier encorsetamiento. Se plasma en el último momento, casi de una manera intuitiva. Una cocina que hace prevaler una deliciosa y frágil inmediatez antes que una perfección formal o estética del plato. Algunas preparaciones salen de la cocina de mise-en-place (que no se ve), pero todo se termina al momento y casi todo pasa por las manos de Kobe.

Él corta, raciona, emplata, aliña y suda la gota gorda en esta cocina infernal llena de llamaradas y humaredas, que sorprendentemente no invadirán  gustativamente las preparaciones, llenas de elegantes y sutiles sabores.

Todo el restaurante se convierte en esa Chef Table que muchos cocineros tienen como un palco exclusivo en cocinas asépticas y “clean”. Aquí  el comensal vive realmente la fiesta de la cena pero  también la dureza ambiental de la cocina y del pase.

(Un saludo desde aquí a Nel Parada, un cocinero gallego en prácticas en el restaurante y lector asiduo del blog. Justo abajo en la foto, en segundo plano detrás del portugués Raphael Calisto, su brazo derecho). Su jefe de cocina de siempre es el canadiense Kyle Boland.

 

Ahora el menú (230€)

Flor de capuchina rellena de tarama y raifort

Caballa, en “miso” de caballa

Ruibarbo, abadejo, vinagre de marialuisa

Navaja, piel de limón rallado

Caracol de mar (buccino), caldo de pollo con aceite de puerro

Galleta de tártar de calamar, gelatina de tinta y estragón vietnamita

Erizo, gelé de caldo de codorniz, holandesa de cerveza “gueuze”

Vieira al unilateral, “miso” de vieira, jugo de su coral, “miso” de vieira

Ostra tibia, colinabo, mandioca fermentada

Asperge de las dunas, emulsión de colza tostada y suero

Chawanmushi de buey de mar, carne de buey de mar ahumado, curri y ajo tierno 

Espárragos verdes asadas, salsa de espárrago

Pak choi de tártar de cigala, cilantro vietnamita, jugo de langostino

Y otra vez ese sabor de nuoc mam que me retrotrae a los sabores de la cocina viet que conocí en mi adolescencia.

“Risotto” de semillas de girasol tiernas, lavanda marina, planta de oreja de cordero, huevo de codorniz

Mantecado con parmesano.

Rubio en lardo, judo de sus carcasas, limón/melisa, flor de capuchina

Como un romesco de hierbas y de vinagres, absolutamente delicioso

Caracoles asados, puré de patata con suero, cebolleta de primavera

Cordero lechal de Valonia: su carré, cuello y espalda.  Tallo del puerro germinado

Ese tallo de puerro que desechamos cuando empieza a brotar…aquí con una textura tierna, casi de esparrago.

Codorniz asada, untada en “miso” de cigala

Brioche con “crème fraîche” de mostaza y caviar oscietra

Un ejemplo de buen uso del caviar, en un maravilloso bocado!  Y no desperdigado entre los ingredientes de un plato.

Siempre he dicho que sería una excelente idea que los menús degustación de cocina creativa (muchas veces sin presencia de pan…) se acabaran  con un trozo de queso. Motivo para  que el pan ocupe, al menos final, su espacio simbólico. Pero también nutricional, ya que ayuda a que la comida se asiente y, por qué no decir, acabe de llenar este pequeño hueco que queda a veces en el estómago. Pero en este caso, se regala también un pequeño pan entero al final para que el cliente se lo lleve para su desayuno del día siguiente. Cosa que hice pero fue mi almuerzo, acompañado de medio salchichón de Gilles Vérot (charcutero de culto en París).

Queso de vaca Bio “Pas de rouge” con confitura de ciruela

Y

CabrioLait de cabra (que no veo en la foto)

 Helado de agastache, sopa de casís , ruibarbo, hoja de agasatache, colinabo seco. 

Helado de jazmín, mousse de violeta y galleta de pasta filo

La violeta es una de los pocos aromas que me empalaga. No entiendo esta fascinación que tienen algunos cocineros por este aroma con connotaciones de perfume viejuno.

Aun así, ese postre se podía comer agradablemente por la poca intensidad floral que tenía.

“Keiemse Witte Cheesecake”, reducción de kombucha

Rusticidad total. Textura de frangipane. Rico!

Muy buenas mignardises! Es la palabra que se usa en el menú de mano, pero creo que estos bocados van más allá que simples «petits».

Galleta de mousse acedera

Tartufo con reducción de vinagre

Milhojas, cremoso de avellana, arándanos en polvo

Gofre de sarraceno, sirope de pan fermentado

(Puede que me haya liado un poco en los nombres de los «petits»…)

Otra alta cocina es posible…

Quise solo dos vinos para acompañar el menú: la perfección!

De hecho un vino está hecho para acompañarte a ti cuando comes, no al plato!

En mi opinión, los maridajes quitan protagonismo a la cocina.

CHAMBRE SÉPARÉE

Gent

Vlaanderen

Bélgica

WEB

 

 

 

 

 

 

 

 

LE CARRÉ des FEUILLANTS . (París)

Publicado por Philippe Regol el 20/05/2019
Publicado en: PARIS. 2 comentarios

 

Hasta hace tres meses Le Carré des Feuillants del veterano cocinero gascón  Alain Dutournier aun tenía sus 2 estrellas y albergaba aun la esperance de conseguir un día la tercera. Una de estas “terceras” estrellas que, para algunos,  siguen toda la vida en el aire , y que no llegan nunca o hasta se conmutan en una sola, así de golpe, sin avisar.

Nunca había visitado esta casa. Muchas veces, paseando por la calle Castiglione que va desde  la hermosa Plaza Vendôme hasta la calle de Rivoli me había parado para leer la carta y me había adentrado en el pasaje que conduce al restaurante. Y cada vez, mi intuición me aconsejaba abstenerme de entrar o de reservar. Los tonos violetas de las paredes con sus cuadros colgados , de nivel y estilo artísticos imprecisos, ese aparente lujo ochentesco  y sobre todo la carta totalmente previsible eran como signos que no parecían engañar. Ni había el glamur de un Grand Véfour, ni la sobriedad elegante y tabernera de L’Arpège, ni el encanto casi de mansión inglesa de Le Clarence.  Le Carré des Feuilants es un restaurante sin ventanas a la calle y sin techos altos: un antro de lujo sin estilo definido.

Pero sentía la curiosidad  de comprobar si la casa había reaccionado después del shock de la perdida de la segunda estrella, a parte del inmenso cabreo que el cocinero expresó después en los medios y el anuncio de su divorcio total con la guía roja  ¿Y si ese toque de atención hubiera funcionado como un revulsivo?  Gran ingenuidad por mi parte. Ya se sabe que el talento no se consigue solo a base de una simple actitud voluntariosa . Pero esperaba tal vez algo más.

Ni por concepto de los platos (bastante recargados), ni por punto de cocción (el bogavante seco), la cosa se podría redimir. Aunque hay que decir que un plato recargado o conceptualmente indefinido , es algo que a Michelín no le suele causar ningún problema. Pero la justa cocción sigue siendo un marcador de calidad irrefutable.

Ciertamente la molleja estaba bien cocinada y los jugos bien ejecutados. Es la base de la alta cocina francesa. Pero creo que es el formato general que ya no seduce. Ni el postre tenía una “unidad conceptual” clara. Tres “elementos” ni buenos ni malos, yuxtapuestos y alineados en el plato sin realmente saber porqué.
Passard la puede pifiar en un concepto delirante o una cocción fracasada, pero el resto de su cocina tiene al menos lo que se llama un estilo.

Aquí, se pueden encontrar algunos bocados ricos, pero es una cocina sin orígenes identificables y sin rumbo. No vi ni el terroir mental  de un cocinero gascón (mousse de foie-gras al Oporto…), ni el virtuosismo de un cocino vintage.

Pero lo que más me decepcionó, lo repito,  fue la cocción del bogavante. Se lo señalé al maître, quien, muy amablemente, me propuso que me lo volvieran  a hacer. Me negué. Qué más daba. A estas alturas, si no se cocina bien a la primera el marisco de un plato que costaba 78€…Y en estos caso, es frecuente que el cocinero haga en el segundo plato, de modo inconsciente o con mala intención, lo que llamo una hipercorrectión. Y el resultado habiera podido ser un bogavante casi crudo.

En resumen: no quiero darme la impresión de ensañarme con esta cocina que aun tiene sus adeptos y que no es de ninguna manera indignante.  El error fue mío en decidir esta visita. Y solo mío. Dutournier hace la cocina que cree correcta y que , lo reconozco, no me convence.

En su restaurante Le Trou Gascón, es donde hace una cocina sencilla, más de raíces gasconas, pero creo que este año Michelín le ha quitado también la estrella.

Buñuelo de gamba a la  albahaca

Milhojas de rábano y chorizo

Guisantes a la menta

Salmón marinado con pistacho

Crujiente de Viejo Comté

Mousse de foie-gras, membrillo confitado, Oporto

Vintage total.

 

 

 

 

 

Bogavante :  la pinza en buñuelo, láminas casi crudas y la cola al vapor con emulsión de su cabeza. Fundente de patata.

 

Molleja de ternera en cocotte, colmenillas cremosas,

cúpula de fideos con habitas

Salsa de ternera al estragón.

Pequeños picatostes. Excelente salsa. Pedí más. No sé porqué los camareros no dejan , por costumbre, las salseras en la mesa.

Ese “dôme” me recordó un plato de Robuchón del final de los 80 que comí en su 3 estrellas Jamin y que luego cociné en un curso de la escuela Hoffman : se trataba de forrar un molde de savarín con un espagueti cocido al dente. Se rellenaba con unas cigalas untadas en mantequilla de trufa. Se cocía al vapor y se desmoldaba. Se salseaba con salsa de cigala. También Thierry Marx copió este plato de Robuchon.

Aquí los fideos largos estaban “cimentados” por dentro por una preparación que no conseguí identificar. Con lo sencillo que sería una buena pasta servida a parte , en su justo punto de cocción y salseada con esta rica salsa. Un poco como el puré de Le Grand Véfour. Pero siempre topamos con esa tentación de complicar las cosas…

Pré-dessert en espera del que había pedido:

Bombón de chocolate y coco  con ponche caliente de té verde

Interior coulant que aparece después de verter el líquido caliente encima. Bastante bueno. Y técnicamente bien resuelto.

Gofre de ruibarbo. Mousse de guayaba. Fresas y ruibarbo

Correcto pero algo deslazado y nada gustativamente relevante.

Petits-fours olvidables y olvidados , pero al menos llegaron  al mismo tiempo que los postres y no en el mismo momento en el que te traen el café . O peor aun! cuando ya te lo has tomado…

Parece que el momento de aparición de los petits-fours y el mantenimiento de las aguas en cubitera durante toda la comida, son temas de servicio de sala ya insolubles. 

  1. El camarero tiene que reclamar los «petits», justo después de que haya pasado el último postre. Si llegan al mismo tiempo que el café, al comensal  solo le queda la alternativa de comer los petits primero y beber el café frío. O bien, beber el café caliente y comer después los petits, cuando después de un café no se debería comer nada más.

      2. En cuanto al agua: si se sirve fresca al comensal al inicio de la comida, por qué se tiene que servir a temperatura natural a partir del segundo plato? Tiene que estar fría de principio a fin, o bien natural desde el principio en el caso de que el comensal lo estipule. 

Servicio muy atento por parte de Philippe Macquet quien está en la sala desde los inicios, hace 31 años (como se cuenta en la web)…

Mantequilla y pan correctos pero este surtido de panecillos individuales está en concordancia con el resto…  Con solo un par de panes a elegir, grandes piezas cortadas, creo que es suficiente.

Le CARRÉ des FEUILLANTS

París

Web

 

L’ARPÈGE mayo 2019. (París)

Publicado por Philippe Regol el 17/05/2019
Publicado en: PARIS. 2 comentarios

Passard posando con mi copa de champagne…

Descubrí la cocina de Alain Passard hace solo 11 años, cuando ya llevaba 10 años  acudiendo al restaurante del más aventajado  de sus múltiples discípulos: Pascal Barbot y su Astrance.

Desde aquel año 2008 , he intentado hacerle casi una visita al año, un poco como si quisiera recuperar el tiempo perdido. A Gagnaire o Bras los conocí cuando “tocaba”, al principio de los años 90, pero para Passard, tendré siempre la impresión de haber llegado tarde. Sentimiento absurdo ya que Passard está viviendo una segunda  juventud. Su crisis del 2011, cuando dejó de cocinar las carnes, (él , considerado como el mejor “rôtisseur” de su generación), la superó unos pocos años después cuando compró su casa de Bois- Giroult en Normandía y empezó a producir sus propias verduras. Había sentido previamente el deseo de retirarse y de golpe recibía la llamada  que le impulsaba a la necesidad  casi volteriana de ir a “cultivar su huerto” , que en su caso fue  como la metáfora del comienzo de una nueva vida.

Cada fin de semana, se escapa hacia esa casa, (o hacia sus huertos de la Sarthe, el otro terroir del que se abasta),  para controlar el crecimiento de sus verduras y servir sus comidas y banquetes en esa preciosa casa normanda. (Me anima a que vaya a verlo allí , y leyendo este reportaje y viendo las fotos, la tentación es grande…).

Durante la semana, Passard está en su restaurante. Solo en una de mis visitas falló. A medio servicio, sale a saludar las mesas. Que conozca los comensales o no, el trato afable con  semblante risueño y travieso será el mismo para todos. Luego me dirá en la sobre mesa: “ Hay que darles las gracias a todos por haberte escogido a ti! Decirles que es un privilegio que hayan venido a tu casa”.

Un restaurante tiene que tener un alma para que sientes el deseo de volver. No solo la comida tira del carro. Lo decía el otro día en mi post sobre Le Grand Véfour, lugar que atrae por  la patina de la historia y el glamur de las paredes doradas. En L’Arpège, es un poco todo, los bajo relieves art deco de Lalique, el vitral diseñado por el propio cocinero que tenía justa al lado de mi mesa, la incomodidad tabernera del lugar, la acogida de la recepcionista que te saluda como si tú última visita fuera la semana pasada, la conversación con Passard y los dos o tres bocados que valdrán , por sí solos, el desplazamiento.

Algunos de estos platos son  repetidos o versionados año tras año, otros son nuevos (al menos para mi). A veces en forma de ocurrencias o travesuras culinarias, como un postre con espárrago que solo ÉL podrá servirte sin hacer el ridículo. A veces  también puede aparecer en el menú  el pequeño resbalón de cocción, debido a la plasmación desacertada de un concepto loco como lo  es, de por sí,  su “Quimera”,  que  puede unir, después de un ejercicio de “alta costura”, tanto un pollo con un pato ( mucha gente  me dice que es un acierto…), como un pichón deshuesado, en crapaudine, que envuelve un carré de cordero, (ay!).  Es el riesgo  que conlleva acudir a esas casas donde pasan cosas y que salen de los caminos trillados. Así se entiende que un Andoni Luis Adúriz o un Passard, a pesar de la generación que los separa, sigan teniendo los favores de muchos de los votantes de la lista 50Best. Un aura de modernidad sigue acompañando a ese “adolescente” de más de 60 años, que cocina al ritmo de la temporalidad de  sus verduras y de sus humores. Y que despide a sus clientes, estos días, emplazándoles a una próxima vista cuando lleguen los tomates, que, desde hace más de 20 años,  también cocina como un postre, encima de un infiernillo delante del cliente y salpicándoles de especias.

Recomendable El menú de los Hortelanos (Le Déjeuner des Jardiniers a 175€ ) que Passard personaliza a su antojo y en el que se cuela, al menos para mí,  algún bocado de proteína animal. Solo al mediodía. Si no, menús a 340€  o 420€…Y la carta con sus precios delirantes.

Mi menú

Al empezar el maître te pregunta sobre alergias y si tienes exigencias de timing (!)

 

Las tartaletas de chips de patata con remolacha/raifort, zanahoria/nabo, perifollo/cebolleta

Caliente/frío de huevo con jarabe de arce y especias

Dulzor matizado por un toque de vinagre de Jerez

 

Sushi de remolacha con tapenade de aceituna negra

Perfecto punto de cocción del arroz.

Mantequilla de leche cruda de Bretaña 

Ya ni Bordier fabrica sus famosas mantequillas con leche cruda, me comenta el maître. Ahora Passard lo compra a Beillevaire (los franceses no bromean con estas cosas…).

 Pan de la casa

brutal de textura y de acidez .

Consomé de geranio/maríaluisa/menta  con raviolis de espárrago, nabo, ajo tierno y acelga

Un clásico de la casa que va cambiando de relleno según la estación. Pero también cambia el sabor del consomé: me gusta el de tomate en verano.

Ensalada de higaditos de pularda, ruibarbo

(y también sus mollejas)

Velouté de coliflor y ajo, chantilly a la salvia

Bogavante con salsa agridulce de miel de jazmín y carpaccio de nabo

Acidez bien  marcada y agradable textura de la emulsión. Excelente cocción del crustáceo. Un bicho enorme que vi pasearse por el comedor en una bandeja y del que pude «pillar cacho»…

Espárrago blanco con lardo di Colonnata, crema de parmesano, muselina de apionabo y ajo del oso

Tártar de remolacha ahumada, parmesano, raifort, mostaza de zanahoria

Ligero, untuoso, sabroso. Un hit de la cocina de Passard.

Arlequín de verduras con aceite de argán, sémola, “merguèz” de verdura (salchicha que suele acompañar el cuscús), perejil, cebolla, pasas

Con más sémola y solo salchicha vegetal, estaría perfecto.

“Quimera” de pichón y cordero lechal”

a partir de un cuadro  de Thomas Grünfeld que el camarero te va enseñando previamente. Momento algo surrealista.

Una referencia al animal mitológico con cuerpo de cabra, cabeza de león y cola de dragón.

Aquí está la receta. Aun no encuentro el interés de este acercamiento “botturiano” a la cocina por parte de Passard. Es decir, arrancar la creación de un plato a partir de un motivo artístico.  Se trata de  dos carnes con dos sabores y texturas distintas y que no ganan en esta extravagante promiscuidad. Y, en este caso, la cocción del carré, que debería salir rosado, salió claramente perjudicada. Y de sinergia gustativa, ninguna. Solo le comenté al cocinero el real problema de cocción, cosa que manifiestamente le afligió y preocupó. Pero es el concepto entero que es cuestionable.Creo…

Postres:

Espárrago envuelto en ruibarbo casi crudo, remolacha, caramelo de ruibarbo

No soy muy amante de este tipo de juegos. Como ejemplo, y para que se me entienda, me gustan demasiado los guisantes para que me los sirvan de postre, aunque sea una verdura con buena presencia dulce . Pocos cocineros  salen airosos de este tipo de experimento (Jordi Butrón en su penúltimo  menú de Espai Sucre). En este caso, ese espárrago tenía su gracia envuelto en esas láminas de ruibarbo que hacían oficio de verdura acompañante, tallo ya curtida,él, de toda la vida, en preparaciones “dulces”.

Profiterole caramelizado con crema helada al foie-gras 

No se apreciaba mucho el foie, tal vez por la temperatura. Al final era simplemente una grasa, como la  podría tener  un helado con mantequilla. Pero igualmente excelente y goloso.

Excelentes “Petits-fours” :

 teja de tomillo, bombón de menta, palmera…

L’ARPÈGE 

Web

 

Paris

 

 

 

 

NEIGE d’ ÉTÉ . (París)

Publicado por Philippe Regol el 13/05/2019
Publicado en: PARIS. 5 comentarios

 

1 de mayo en París. Pocos restaurantes gastros abiertos. Estaciones de metros del centro cerradas. Taxis escasos y obligados a dar toda una vuelta por la ciudad  para evitar los temibles “chalecos amarillos” que , ese día, se habían juntado con los tradicionales sindicalistas de toda la vida.

Y los gourmets, qué? Nadie piensa en nosotros ? En fin , es indignante! (frase evidentemente irónica).

Había reservado 15 días antes en NEIGE d’ÉTÉ , el restaurante con estrella michelín donde opera , Hideki Nishi ,  uno de esos innombrables japoneses  que pululan en la gastronomía parisina y que hacen una cocina moderna y depurada, mucho menos japonesa que la de cualquiera  de nuestros cocineros modernos de aquí. Una paradoja.

Ya había visitado el restaurante Es de Takayuki Honjo, al que dieron  1 * un año después, Kei , ahora con 2 **,  o Pages  de Ryuji Teshima también con su estrella). Pero son muchos más. Hay un verdadero fenómeno nipón en la gastronomía parisina.

Mientras nosotros “tatakizamos”, ellos se pirran por la cocina de Barbot o Passard. Son cocinas delicadas, depuradas, elegantes, parcas en cantidades en las que, de vez en cuando, destaca algún plato particularmente interesante: recuerdo ahora los pichones de Es o de Kei , y de este Neige d’Été recordaré sobre todo la cocción del  pato, creo que asado a la brasa japonesa. También unos  tallarines de sepia agradables y un buen postre.

Lo que sí me cansa un poco es esa lentitud del servicio. ¿Por qué esa espera de 15mn para esperar que te traigan la carta o de 20 mn más antes  de que llegue el primer plato? Sobre todo cuando hay un menú impuesto (precio razonable, por cierto, los almuerzos de día festivo, a 65€) y de lo que se trata es de saber si queremos caviar con el tártar de atún (suplemento 15€) o con los espárragos (25€) , o al revés. Una manera de incrementar un poco la cuenta. En estas condiciones la mise-en-place en cocina no conlleva muchas dificultades. Sabes que tienes 20 comensales que comerán lo mismo. Pero la necesidad de estirar la ceremonia hasta en los más humildes restaurantes de 1* hace que, al menos cuando se trata de comer solo, se hace todo tedioso y eterno. Una cosa es el espectáculo del Grand Vefour, y otra la salita gris de un Neige d’Été. Y lo que te apetece, es comer, e ir a ver Notre-Dame.

Un primer aperitivo había llegado nada más llegar, pero luego fueron  más de 30 mn antes de arrancar:

Teja de arroz con aguacate y gambita frita

 

Espuma de patata, navaja y mini picatostes

Tártar de atún con rabanitos

Aliño muy suave. Imagino que por respeto al producto o para que el suplemento (que no pedí en ese plato) de caviar se luzca…(otra vez ironía).

Y siempre la preguntita del “Ça a été? ” («cómo ha ido?») después de cada plato. Y te entran ganas de decirle al maître: “Sí, ha ido bien, pero empecemos ya a sacar cosas serias , que hay hambre!”

Es cuando pedí mantequilla (no me la habían traído) para comerla con el pan que estaba bastante bueno. La solución cuando ves que podrías levantarte con algo de hambre de la mesa. Mantequilla que, por cierto, tenía gusto de nevera…

Espárrago con

terrina de morro de ternera,

puntitos de mahonesa y de tinta de sepia con anchoa y caviar oscietra 

La terrina excelente, los puntitos inapreciables, y dos trocitos de espárragos. Estamos en pleno “degustus interrumptus” y el hambre sigue apretando. Imaginé una buena ración de esa terrina con 4 espárragos y una buena tártara al lado. Por que, en el fondo, se trata de esto: un buen plato de bistró presentado en emplatado fine dining, con 70% menos de cantidad y sin la cantidad de aderezos para disfrutar el plato. Y la  cocina cocina no debería ser esto : un refinamiento en las formas que tapa cosas «normales» en el fondo, como lo puede ser una rica pero simple terrina de morro.

Tallarines de sepia con “paella” , habitas y pimiento

Muy buena cocción de la sepia, arroz agradable, aunque demasiado “socarrat” y la mitad se quedó pegada en la cazuela. Haría el mismo comentario que para el anterior plato. Se trataba de comer un arroz de sepia. Pero el hecho de poner en el plato unos brotes de guisantes, un aire de nada apreciable, cuatro habitas repeladas, transforma este plato en algo de «alta cocina»? O al contrario estorban estos añadidos  y nos impide disfrutar de lo que hubiera podido ser un buen arroz de sepia.  El problema que con un simple tártar sin florecitas, con una terrina de morro y espárragos mahonesa (sin caviar) y un buen arroz de sepia, solo tendrías como mucho un bibgourmand…(dentro de unos días veremos un ejemplo de este razonamiento cuando hable de un BigGourmand de Bruselas que ilustrará un poco todo esto : cocina rica al desnudo).

 Pato con acedera, crema de maíz, chips de topinambo

Cocción perfecta, pero las fruslerías que lo acompañaban gratuitas y prescindible. Al menos disfruté del trozo de ave con el resto del pan que me quedaba.

Excelente postre:

Chantilly de yuzu, mermelada de pomelo, crumble y sorbete de queso fresco

En resumen: cocina delicada,con buenos puntos de cocción,  que ganaría sin tanta  preocupación por acumular nimiedades por el plato. Mucho mejor la segunda parte que la primera. Relación calidad precio correcta por ser París, aunque al final la cuenta duplique el precio del menú-degustación inicial. Volvería? Tal vez no. Lo recomendaría? Tal vez sí, pero sin mucho énfasis, aunque sea una cocina muy decente. Más lacónico, imposible…

NEIGE d’ÉTÉ

Web 

 

París

 

 

 

 

 

 

Le GRAND VÉFOUR .(París)

Publicado por Philippe Regol el 11/05/2019
Publicado en: PARIS. 2 comentarios

El Chef Guy Martin , a primera hora del servicio, recibe a los clientes en la entrada

Estar en Le Grand Véfour es respirar un poco de Historia. La del Palais-Royal. Estos edificios con sus largas galerías fue centro neurálgico  de la gastronomía parisina al final del siglo XVIII. Empezó como Café de Chartres donde se reunían los revolucionarios antes y después de 1789, y se transformó en Le Grand Véfour unas décadas  más tarde.

En estas casas se concentraban todos los grandes restaurantes abiertos por los ex cocineros  de la aristocracia, expulsados con sus amos de las grandes mansiones particulares. La alta gastronomía se “socializaba” y se generalizaba por primera  vez el concepto de restaurante, tal como lo conocemos aun hoy en día. Aparecía la carta con una gran variedad de platos con sus precios , lo que daba al cliente la posibilidad de elegir. Esta aparente banalidad era entonces la gran novedad que rompía con el restaurante taberna que imponía más o menos sus pobres y limitados platos del día.

El restaurante nació como fenómeno social, liado a los cambios políticos  de la época. La nueva burguesía pujante y luego triunfante quería emular los fastos de las mesas de la nobleza,  sujetos a  restrictivas y aleatorias  invitaciones. La fiesta golosa se desplazaba de las estancias privadas  a los salones ya públicos de los restaurantes, abiertos a todo el mundo, o al menos a los que se lo podían pagar. El auge de los restaurantes del  Palais-Royal se debía también a la relativa proximidad de la Asemblea Nacional  y de los clubs políticos del barrios de las Tuilerías  (Feuillants, Jacobinos …).

Con todo este movimiento, el barrio empezó a abrir también sus lupanares. La gula y la lujuria.

El restaurante Le Grand Véfour  sufrió una cierta  decadencia de 1914 a 1948, fecha en la que el gran Raymond  Oliver, discípulo de Pellaprat,  lo compró , lo levantó y  lo mantuvo en la cumbre durante tres décadas  con las 3 estrellas. Este cocinero, de padre mallorquín por cierto, (de aquí si apellido)  fue un precursor (poco conocido) de la Nouvelle Cuisine  y  también precursor  en  hacer programas de cocina por la TV,  ya desde el 1954 hasta 1967.  Solo hace falta mirar  los vídeos en  youtube para ver que no se ha inventado nada :  un cocinero y  una comparsa inexperta que le da la réplica con toques de humor. Era la primera vez que se veía a un cocinero explicando una receta a millones de telespectadores (solo había un canal). Hace 65 años!

De  mi primera visita al Grand Véfour  (hace unos 20 años), ya con Guy Martin y las 3 estrellas que había recuperado,  recuerdo haber comido en la mesa reservada a Madame Talien, una famosa revolucionaria, por cierto de origen español, que se pasó luego al bando de Napoleón. Recuerdo una “tête de veau” gribiche que me supo a gloria… Desde 2008, la casa se ha quedado con 2 estrellas…

Salones con techos pintados, dorados por doquier (catalogado monumento histórico), el marco es por sí solo todo un espectáculo. Unos espacios bastante reducidos, lejos de la suntuosidad  de un Crillon o de un Plaza Athénée,  en los que se mueven una docena de camareros dirigido por un maître veterano, de los que saben cómo tratar las mesas con distancia pero también con la desenvoltura amable del que domina la situación. a veces no hace falta sobre actuar en las sonrisas y en las reverencias para ser un gran camarero. Ese maître hablaba inglés con la joven  pareja de anglosajones maravillados por todo, que estaban sentados a mi izquierda, o  en un perfecto italiano con mi mesa  de la derecha. La alta gastronomía palaciega no es evidentemente solo el plato, ya que a veces un simple plato de guisantes en una taberna de Barcelona te puede entusiasmar,  es que te acojan  durante más de dos horas en un espacio singular, que te atiendan como si fuera un aristócrata y que, si puede ser, comas bocados  extraordinarias, cosa que es siempre lo más difícil en estos pomposos restaurantes de la vieja escuela .

Evitaré  entrar en todos los detalles de mi almuerzo. Los amuses-bouches que suelen traer llevan perfectamente su nombre: divierten y engañan el paladar a la espera de lo importante.  Prefiero centrarme por consiguiente en los dos platos de la carta (“Los clásicos”) : los raviolís de foie-gras con emulsión de trufa, unos bocados memorables en su sencillez,  y el  pichón Príncipe Rainiero III, una creación de Raymond Oliver, luego revisitado por Alain Passard, Jean-Louis Nómicos en Lasserre y por supuesto Guy Martin, el cocinero propietario de esta casa : en su receta original se trataba de un pichón deshuesado  en su parte central,  relleno de una farsa con foie-gras, trufa , panceta etc…). Se doraba en cocotte y se horneaba un rato a  temperatura suave.

El otro día, cuando vi el color rosado violáceo uniforme de la carne, reflejo de una cocción prolongada y a baja temperatura, pensé en una cocción al vacío.  El aspecto agradablemente dorado de la piel en su presentación en cocotte podía, de entrada, engañar un poco. Pero estaba poco crujiente, signo de  que la piel no había estado risolada durante tiempo. Un dorado un poco cosmético, de último momento, la impoluta cocotte era de atrezzo…

Aun así no quisiera despreciar este plato, que me pareció realmente espectacular por su aspecto y delicioso, con su excelente jugo y las  golosas guarniciones de puré de patata y de boletus salteados que le acompañaban.

Y evidentemente, el ritual del servicio por parte del maître, aunque el trinchado, en este caso, se limitase a un simple corte y al salseado.

Cuando se come a la carta en un dos o tres estrellas en Francia, siempre “caen” algún  que otro platito antes . En este caso, fueron un

ravioli de aceite de oliva, chips de patata, compota de limón asado

La pasta algo más recia que la del entrante.

y

una sopita de puerro con avellanas tostadas

(demasiado invasivas),

con esferas de mostaza de Meaux

( un detalle discreto  de modernidad vanguardista que se había colado…).

Nada relevante.

En cambio estos

raviolis de foie-gras y trufa, con su salsa de trufa emulsionada

que llegan a la mesa con solo un poco de trufa rallada encima, me encantaron. Leí que la pasta está hecha con harina de arroz. Finura absoluta de la pasta, al dente pero delicadamente flexible, absolutamente pegada, como una segunda piel,  al cubo de foie-gras que encierra y que se mantiene aun entero a pesar de los dos o tres minutos de cocción  en caldo de pato que no acaba de arrancar a hervir. La salsa : jugo de trufa, leche se soja, algo de nata y batir. El cubo de foie: sal, pimienta, un poco de trufa picada, cerrar y troquelar el ravioli.

Engullí dos raviolís casi de golpe. Luego se me ocurrió calmarme y hacerles un corte  para ver su interior. Y para terminar , degusté tranquilamente las dos últimas piezas pensado que los 20 € de cada ravioli  no empañaría mi disfrute.

Es cuando el maître me hizo,  al retirar mi plato, una curiosa propuesta. ¿Me apetecía un par de raviolís más? Ni lo dudé. A los 5 mn me traía  ese otro platito. Un poco de “rab” , como se suele decir en argot francés.

El pichón Rainier III

Su  puré de patata con jugo de ternera y trufa

Boletus salteados, cebolletas

¿Qué sería de estos platos, si se hubieran elaborado con una melanosporum en plena temporada?

Y qué sería de este pichón si se hiciera con una cocción más clásica?

Creo que estos raviolis están esperando que alguien los copie! Precisando  en la carta “ à la manera del Grand Véfour”…Pero esperemos que vuelva la temporada de trufa.

De primer postre:

 sorbete de cerveza,  sarraceno, limón confitado

Babá de gintonic, limón, bolas de  chocolate blanco, bolas de  membrillo, gelatina de agar de no sé qué, el mismo crujiente que en el postre anterior …

La idea era “babá de gintonic/limón confitado”  pero  acabó con florituras innecesarias. Desear que se aplicase  el mismo minimalismo de los raviolis a los postres, hubiera sido mucho pedir…A muchos de los pasteleros franceses les gusta lucirse y prefieren el concepto “ vamos poniendo” al de una elegante sobriedad.

Petits-fours

de buen nivel. Gelée de maría luisa y grosella. Sésamo, mango –pasión, macarón limón-tomillo, gofre de pesto de menta-piña, tarta de chocolate.

« Pâtes de fruits »

Panecillo…mejorable. Defiendo los panes grandes, y siempre recuerdo el único y enorme pan de campaña que tenía Robuchon en su mítico Jamin de los años 80-90. Ahora  propondría uno blanco, otro integral y uno último, como golosina, que es el de tipo hojaldrado que se degusta al principio de la mesa para calmar el hambre.

 

Le GRAND VÉFOUR

París

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LA COUPOLE. (París)

Publicado por Philippe Regol el 09/05/2019
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Un domingo a la noche de la semana pasada, después del teatro, me parecía que una visita a la Coupole era una buena idea. La última vez debía remontarse  a 20 años y no me acordaba de su nivel gastronómico. Imaginaba platos de gran  Brasserie y su ambiente con encanto correspondiente, con las soberbias columnas “art déco”, los camareros flambeando piezas de carne y todo su bullicio. Algo queda  de todo esto…

Se va sobre todo a La Coupole para pisar un lugar frecuentado por toda la intellingentzia  de los años 20-30 , los pintores de Montparnasse  o el ubicuo e inevitable  Ernest Hemingway . Lo que llamaría el efecto Woody Allen en Midnight in Paris. Esta ciudad está llena de estos sitios cargados de historia en los que el marco y los estímulos del pasado a nuestra imaginación suplen, a veces, la inanidad, en este caso gastronómica, del  presente.

Los parisinos solo acuden a estos sitios cuando se celebra un cumpleaños o cuando quieren acompañar visitas de fuera de la capital o del extranjero. Ellos prefieren Le Servan, Le Clown, Le Châteubriand, Le Verre Volé o Tommy &Co.

Pero un cumpleaños en La Coupole, como pude comprobarlo la otra noche,  es todo un espectáculo: se baja la luz , suena la canción ad hoc, los camareros sacan en volandas como una enorme tarta fake  que acompañan, tal un carro egipcio y en medio de bengalas , hasta la mesa del afortunado . Jean Paul Sarte y Simone de Beauvoir, también asiduos pero aquellos años dorados,  estarían encantado de ver cómo ha evolucionada la casa…

Pero quise hacer de guiri, quería disfrutar del lugar y arriesgarme a pagar las consecuencias de mis actos.  También lo hice un par de días después con el Bouillon Pigalle (1500 comensales al día, sin el glamur del decorado  y varios grados más abajo hacia los infiernos de la gastronomía…Aun no sé si me atreveré a contar aquí esta nefasta experiencia).

Huevos mimosa con trufa de verano

Pregunté  inocentemente si se trataba de aceite de trufa. La respuesta fue negativa. Pero la realidad es que muy probablemente sí que lo llevaba. Mahonesa, mazacote,  sosa y picatostes bailando en el plato. Y no es difícil hacer de este entrante muy queridos por los franceses  algo simplemente digno.

“Frescor de cangrejo con lima” 

Comestible.

Raviolo de bogavante

(uno de los clásicos de la casa): tres trozos de bogavantes secos, y un fondo de pasta (no llegaba ni a “raviolo aperto”) casi puré con una salsa americana sin interés y guisantes (frescos o congelados, es lo de menos) gordos como garbanzos y duros como perdigones. Mis vecinas de la mesa de al lado, que llevaban ya algún que otro cóctel después de una botella de vino, me comentaron eufóricas  que les había encantado. Uno de los ejemplos, comprobados en estos 7 días en París, que el buen gusto gastronómico no forma parte por genética infusa del ADN de los franceses, como se ha dejado hacer entender algunas veces. Creo que , al revés el criterio de buena parte de las nuevas generaciones de ese país va a menos, pero es solo una impresión y no tengo más datos “estadísticos ” que mis múltiples visitas a restaurantes de alta o baja gastronomía, y ver como el público de a pie que me rodea se lo come todo sin rechistar.

Probé el raviolo, comprobé la sequedad del marisco y la textura (involuntariamente “mochi” de la pasta) y lo devolví.

Intentando esquivar riesgos, pedí una olla de

mejillones al Chablis con patatas fritas

El plato nacional belga por excelencia .

Mejillones correctos. Lo mejor, el caldo resultante del jugo de cocción, del  vino y de un poco de crema . Me lo hubiera bebido como un agradable consomé. Las patatas estaban fritas desde hacía al menos una hora e imaginé los cocineros, a las 23h30, con las prisas  en  marchar, recibiendo una comanda de un cliente que les había devuelto  su incomestible plato de bogavante a 30€…

De postre, elegí

babá al ron

para no provocar una rebelión en cocina en el caso de que pidiera las crêpes Suzette que me tentaban.  Otra vez la sequedad . La botella de ron que te dejan en la mesa para que lo empapes a tu gusto no me sirve. El babá tiene que llegar a la mesa YA empapado de un ligero almíbar mezclado con ron. El ron que se ofrece en la mesa , solo está para rectificar  el emborrachado, como el salero en la mesa no está para salar los platos, sino para rectificar su condimentación.

En resumen: una visita a La Coupole tiene su encanto al nivel artístico o turístico  pero no gastronómico.

LA COUPOLE

París

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Abierto cada día y a cualquier hora

 

 

 

 

GRAND COEUR . (París)

Publicado por Philippe Regol el 07/05/2019
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El domingo 28  tocaba ir a descubrir el recién inaugurado bistró chic que el triestrellado Mauro Colagrego acaba de abrir en un bonito patio del barrio del Marais. Barrio reputado por sus habitantes “BoBos” , palabra que no tiene nada que ver con su nivel intelectual ya que es solo el acrónimo de “burgués-bohemio” , una categoría social que viste ropa de marca desenfadada, circulan  a bicicleta por sus barrios de moda, van a restaurantes de moda pero no ostentosos (y muy healthy!) y se apuntan a todo lo que es tendencia (definición somera…).

El restaurante, está decorado con buen gusto , respetando la piedra del edificio que debe ser del siglo XVIII como casi todas las casas de barrio,  tiene una larga mesa colectiva. se llama Grand Coeur.

Tiene el mérito de estar abierto cada día de la semana, lo que siempre se agradece en París.

Precios normales para un sitio de estas características   : 15€ para los entrantes, 30€ para los segundos y 15 para los postres.

 

Lo más decepcionante fueron esos

guisantes con almejas del Mediterráneo y piel de limón de Menton

que, una vez retiradas las conchas, muchas de ellas vacías, que entorpecían la degustación, se redujeron a esos 20 grs aproximadamente de esa preciosa verdura. Lo que se ve en la foto. Tres cucharadas de guisantes de tamaño desiguales (algunos gordos como garbanzos de Pedrosillo…y harinosos). Se lo señalé al camarero lo que hizo que saliera el cocinero colombiano quien escuchó  muy amablemente mi queja y me trajo para compensar

una crema de habas a la menta con su tostada de queso fresco de Córcega  (“ brocciu”)

Un plato fresco pero cuya degustación aburría a la tercera cuchara por su insipidez.

Con el hambre intacto abordé

la pechuga de pintada del Cantal , su cuscús con pasas, sus  zanahorias al comino y sus tallarines crudos de hinojo

La carne un poco seca, sin jugo de ave pero sí con una leche fermentada («lait ribot«) que , en estas proporciones, no aportaba absolutamente nada al plato. Y una guarnición excelente para empezar una dieta healthy. Dije en mi tuit de aquel día que esta cocina estaba llena de buenas intenciones pero que  no estaba pensada para gente golosa.

Al final fue el postre de

fresones y ruibarbo con una crema doble de leche cruda de la granja del Wer

el plato que más me gustó. El fresón muy macerado y el ruibarbo prácticamente crudo.

El ruibarbo es una verdura cuya degustación de su tallo mejora, creo, después de una cocción en compota, y cuando se consigue un buen equilibrio entre su  agradable acidez y un poco de azúcar para mitigarla. Es recomendable evitar ingerir sus hojas en crudo ya que contienen ácido oxálico, bastante tóxico.

Como lo vemos, muchos de los productos usados en la carta  tienen un origen bien preciso, lo que da a la carta un carácter de autenticidad y trazabilidad indudables. Le recomendé al cocinero que, siguiendo esa misma línea,  intentara conseguir los guisantes del Maresme…Ninguno de los tres platos a base de esta verdura que me encontré en estos días en París estaba a la altura. Y sin embargo, recuerdo los guisantes que cocinaba mi madre cada mes de mayo ( mejor mes en Francia para su consumo), como una absoluta exquisitez… : sofrito de cebolla, algunas rodajas de zanahoria, tiras de panceta ahumada, tomillo, un poco de mantequilla  y un corazón de lechuga trocadero. Sin más. “Guisantes a la francesa” que, por lo que se ve, es el plato más complicado de encontrar en estos momentos en Francia…

 

GRAND COEUR 

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CAFÉ POUCHKINE. (París)

Publicado por Philippe Regol el 06/05/2019
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Llegar a París un sábado por la noche conlleva ciertas dificultades para encontrar sitio para cenar. Alojado cerca de la Madeleine, vi que a 400m tenía al  Café Pouchkine en la misma plaza. Un restaurante capricho de un empresario ruso que siempre había soñado montar la reproducción del famoso café moscovita en la capital del glamur.

El sitio tiene su pequeño encanto y la carta tiene su atractivo con su menú degustación que  incluye la famosa ensalada Olivier , creada por los años 1860 por el cocinero belga Lucien Olivier en el restaurante L’Hermitage de Moscú.  Un plato de cocina internacional que derivó en nuestras ensaladillas rusas tan famosas aquí o en Italia.

Pero realmente no se sabe exactamente lo que llevaba a parte de la macedonia de verduras, los pepinillos y la mahonesa con mostaza. Se comenta que pollo hervido y marisco, en el caso de la del Pouchkine, cangrejos de río que al final, y por un motivo que explicaré, resultaron ausentes de mi ensalada.

A la hora de pedir, el maitre me dijo que se había acabado… Seis platos en el menú y el más emblemático fallaba!  Le expliqué al encargado de la sala, que mi elección de ese restaurante había sido determinada por la presencia en la carta de ese plato y que no entendía  que un sábado por la noche, a las 21h30, con el restaurante sin llenar, se hubiera podido acabar un plato así que no debía llevar nada raro como ingrediente. En resumen,  el jefe de cocina no estaba esa noche, pero su jefe de partida intentaría servirme la famosa ensalada Olivier , pero sin sus (preceptivos ?) cangrejos de río. Acepté esta solución. ¿Qué podíaa hacer?

Mientras tanto, y para hacer más leve la espera, tuvieron la amabilidad de servirme

un borsch

que resultó ser excelente, con sus verduras aun ligeramente crocante y ácidas, y la crema agria para dar untuosidad al brebaje. Excelente. (Otra vez la luz tenue y amarillenta hizo estragos en las fotos…)

Ensalada Olivier 

Resultado final : una presentación muy decimonónica con unas  quenelles de ensaladilla, poco untadas con mahonesa, láminas y hebras de pollo frío, alcaparras, pepinillos  y endivias rojas. Vistosa y agradable sin más  y muy por debajo gustativamente de las de Toni Romero, Ricard Camarena o Vicente Patiño. Pero mi capricho estaba satisfecho…

Terminé la parte salada con un delicioso

“Boeuf  Stroganov”

( buey o ternera Strogonoff) otro plato de la cocina rusa devenido internacional. Una especie de fricandó con su toque de paprika (pimentón) y mostaza, y ligado con crema fresca, un plato poco corriente hoy en día, si no es en el  Horscher de Madrid. Estaba acompañado de un excelente

puré de patata y encurtidos

En fin, una cena que no se presentaba muy prometedora (la cosa empezó mal ya desde el principio ya que el encargado de las reservas me tenía apuntado para el día siguiente) se resolvió bastante bien.

Postres de pastelería de la casa , que cumplían su función de previsible epílogo dulzón  de la cena.

Así empezó me periplo de 8 días por París, Gante y Bruselas lleno de sorpresas agradables, confirmaciones de excelencia y también algunos altibajos, intentando tocar varios estilos y niveles de cocina.

Café Pouchkine

París

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ALKIMIA abril 2019. (Barcelona)

Publicado por Philippe Regol el 20/04/2019
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Frescos originales del techo del antiguo apartamento de la familia Moritz y la sala reformada y multi premiada

Al fondo, las mesas de Al Kostat.

 

Para empezar un retrato express de Jordi Vilà

Existen muchos estilos de cocina creativa. La que vimos hace unos días con Disfrutar, representa una de las posibles. En el caso de Alkimia, la etiqueta es más difícil de poner ya que Jordi Vilà nunca ha pretendido ser técnicamente innovador aunque no renuncie a dejar un marchamo personal en sus platos.

Lleva 20 años, desde su Rte Abrevadero de la calle Vilà Vilà (sic) ejerciendo libremente su cocina. Es capaz de reproducir el pie de cerdo relleno Pierre Koffman  y el mejor pâté en croûte, como repensar los romescos o los  sabores del escabeche. Es cierto que reconoce a veces algunos errores propios de una cierta inmadurez cuando fue tentado de salirse de su propia vía. Pero cada vez tiene las cosas más claras. Y ahora solo hace la comida que le gustaría comerse.

Fue outsider durante muchos años de la alta cocina, trasmitiendo una  imagen de cocinero solitario en la que se pudo, sin duda, complacer. En cambio lo veo ahora más relajado y empático con el entorno del mundillo gastronómico, del cual recibe ahora  el reconocimiento que se merece.

Su estilo de cocina se podría definir con el oxímoron de clasicismo contemporáneo, o bien de cocina moderna con arraigos, según los casos. Una catalanidad culinaria difusa, a veces mestizada por sus influencias afrancesadas (Jean-Luc Figeras, Neichel) e italianizantes.  Y en esto, no hace más que seguir la estirpe de la cocina catalana desde hace  siglos: un crisol de aluviones y de sedimentaciones externas integradas y reivindicadas luego como propias. Todo una metáfora de su propia sociedad.

Ajeno desde siempre a las modas, se encuentra en estos momentos  sin haberse movido a penas de su sitio  y por la reciente diversificación de los rumbos culinarios, en el centro de la modernidad. Moderna, como lo es su pierna de cordero lechal de raza “xisqueta”, arrancada a crudo encima de las brasas, que responde al deseo de “cocina de la verdad” que late desde hace años en algunas cocinas contemporáneas más aplaudidas (Etxebarri, Faviken, Chambre Séparée) .

Sin ningún ánimo de abanderar escuelas, se podría decir, sin embargo, que cocina también en representación de los que no entendieron la contienda entre antiguos y modernos que encendió el mundo de la gastronomía hace una década.  Casi como heredero putativo de Santi Santamaría, pero con sello culinario más personal y sin tanto enfado contra el mundo.

Así que no se acude al Alkimia para ver las novedades o proezas creativas de su último menú, sino simplemente a comer y, de paso, ver como  aborda el producto de temporada que le llega y como lo resuelve para encontrar ese equilibrio entre respeto hacia él y la necesaria intervención culinaria para elevarlo a la excelencia. Con el uso elegante de la brasa que ha sido una aportación determinante a su cocina en su mudanza a los apartamentos de la Moritz. Lo que valoro mucho en él es que, a pesar de la conciencia que tiene de su propia valía profesional  y de su legítimo orgullo, siempre procura hacer pasar un cierto respeto al producto y el placer del comensal antes de su propio lucimiento y protagonismo como cocinero y, por supuesto, del aspecto visual del plato.

Y como garantía de que esta cocina lleve realmente su huella, está el inevitable trámite del pase del plato en el que Jordi palpa, corta y emplata lo que el comensal va a degustar, atento a escuchar lo que le trasmiten sus dedos y a identificar el posible fallo que se pueda colar.
La presencia física del cocinero que da (re)nombre al negocio de su restaurante gastronómico, y aunque que sea como simple anfitrión, es (y será cada vez más) uno de los auténticos lujos del momento que vivimos, lleno de grandes casas  en lo que solo falta ya el holograma de su mediática estrella.

Mi menú

(un mix entre los dos de la casa)

Nigiri, pan con tomate y papada

Son estos aperitivos (solo uno, ya que siempre se entra directamente en materia) que Jordi improvisa intuitivamente a veces el mismo día, un poco “à la Passard”.

Crema de zanahoria en escabeche de jengibre con cigala y ostra

Me hubiera gustado en forma de “sopa”, más que de “salsa”. Plato hondo y un poco más de cantidad de crema. La deliciosa sutileza del jugo lo permitía. (Me sobraba la flor morada).

Erizo con yema curada y su tosta con mantequilla de anchoa y quinua frita

Un bocado maravilloso, que ha ganado mucho desde mi primera degustación en octubre 2018. Más graso, más goloso, mejor acompañado. Unos erizos pensados a partir de la rusticidad gastronómica de los pescadores de la Costa Brava, pero elevado a alta cocina. Es un poco lo que intento explicar cuando digo que un menú tiene que tener ese arraigo territorial no solamente en sus productos, que es evidente, sino en algún reflejo de su memoria colectiva.

Guisantes con patatas y ostras

Un guisote sorprendente y suculento. Interesante cara a cara del dulzor del guisante con el toque yodado. Sin florituras. Recuerdo aun un plato de guisantes con congrio que degusté hace años en la antigua Alkimia.

Espárragos a la brasa con holandesa de yuzu y sésamo negro

Aquí entroncamos con el clasicismo de la holandesa, sin duda el mejor acompañamiento para esta verdura. No me hubiera importado que su aliño proviniera de un buen limón ecológico de Murcia. El yuzu me gusta para muchas cosas, pero por su extrema delicadeza, no se expresa tan bien como un limón en esta confrontación gustativa con el amargor potente que conserva el espárrago a la brasa, en este caso posiblemente sin haber sido escaldado  previamente.

Pedí cuchara/pala para poder recoger la salsa que se iba a perder en el plato.

Colmenillas “preñadas”, “dentelle” de cansalada, salsa de foie-gras

Salsa a la que faltaba un poco más de cremosidad. Un plato que ya había probado el año pasado en Al Kostat. Textura demasiado firme de la seta. Eché de menos la presencia de más dentelle.

Espardeñas con oreja y salsa de cerdo. Sofrito de galanga

La galanga es un rizoma que ya se usaba en la cocina medieval catalana o europea en general y que, como el jengibre, fue abandonado durante siglos, hasta que se recuperara, en estas dos últimas décadas, como signo de modernidad exótica.

Un delicioso  Mar y Montaña que juega con las dos texturas de los filamentos cartilaginosos. Ya un clásico de la casa.

“Cim i tomba” de rodaballo y espárragos trigueros. Jugo de escabeche de mejillones.

Una versión libre del típico plato de pescadores de Tossa de Mar. Pescado, patata, picada y ligado con alioli.

Aquí el rodaballo conserva su gruesa piel gelatinosa, casi como la de un pie de cerdo, el jugo untuoso y sabroso, la patata nada harinosa, entera, en su justo punto de cocción, destellos de limón confitado,  y ese jugo de escabeche que me gustaría encontrar más repartido en un par más de pétalos de cebolla, y que le da esa punzante acidez con aroma de pimentón. En fin , una plato de altísima cocina  que asume sin complejos su elegante y sabrosísima rusticidad. Así se disfruta de un pescado! Aun no entiendo como cierta alta cocina europea (la francesa más que ninguna) sirve los pescados sin su espina central (lo que se podría entender) pero sobre todo sin sus pieles, en particular la del rodaballo (hasta en la cocina de Pascal Barbot).

Otra vez, para este plato, tuve que pedir CUCHARA! Por favor, cocineros y jefes de sala! Marcad  las mesas con cucharas o palas. Demasiado jugos y salsas se quedan en el fondo del plato! Y no todo se puede mojar con pan.

Tres carnes magníficas, cada una en su estilo

La molleja a la brasa con su ravioli de ternera y el tomate al Jerez

Caramelización perfecta, sin mucha costra y sin tufo de brasa, que suele ser a veces nefasto.

El pie de cerdo Pierre Koffman con un puré de patata de libro

Cocina golosa. Complejidad en la elaboración y pureza en la presentación (en algunas cocinas pasa exactamente lo contrario…) . Impecable.

Secuencia de fotos sobre la pierna de cordero lechal :

 

Como en el

cordero lechal de raza “xisqueta” con piñonada

Jordi lo acompaña a veces con un poco de salva cremasco fundido, (queso italiano que adora). La oveja xisqueta es una raza autóctona de la zona de los Pirineos catalanes que ha estado en vía de desaparición hasta el 95, a pesar de su gran capacidad de adaptación,  y que se recupera gracias a la labor de jóvenes pastores. Pastoreo extensivo y sostenible.

Vemos la progresión del trato a este producto (y del erizo) si lo comparemos con el del post del año pasado. El año pasado se ofrecía una simple chuletita. Rica pero sin comparación con la piel de este magnífico «gigot».

La pierna se arranca en crudo encima de la brasa y el parrillero se encarga de acercar, alejar, girar, reposar y por último dar el último golpe de calor a la pieza, que Jordi despiezará para repartir en solo dos o tres mesas.  Sirve solo la piel crujiente, algo de grasa y un centímetro de carne. Como si de un pato laqueado se tratara. Maravilloso. Nada que ver con una baja temperatura de roner con su posterior regeneración.

Antes de marear la perdiz con atrevidas declaraciones que aseveran que la cocina es “Arte”, como lo sigo viendo aun cada día, asegurémonos de que sea al menos una bella artesanía. Exigencia mínima que los que van siempre de artistas por el mundo ni cumplen.

Pedí un poco de carne a parte, para comprobar su punto. Carne firme y sabrosa, que se destinará a otros usos pero que podría perfectamente servirse al cliente.

El lujo, es esto!

Excelentes postres:

Postre cítrico: pomelo, mandarina, naranja, trocitos de hojitas de shiso y merengue

Bolas de sorbete/granizado de frutas, como compactadas.Detecté una bola de chantilly que aportaba también algo de grasa amable al conjunto.  Refrescante y poco dulce a pesar del merengue.

Calabaza, mandarina, ensaimada, yogur

Puntos de crema de limón, hoja de menta. Masa de ensaimada crujiente.

Delicioso!

Torrija, almendras garrapiñadas y sorbete de café

Me gustó mucho que fuera sorbete para no añadir más grasa al postre, como se suele hacer con los habituales helados  de nata que redundan gustativamente en la leche  de la propia torrija.

Un macarrón de café

que aquí  sí redunda con el café de la torrija y con el café que tomé después…

Marta Rombuts , la sommelier, me supo encontrar un tinto italiano perfecto para toda la comida. Menos preocuparnos de que el vino acompañe al plato, y más de que pueda acompañarnos  a nosotros comensales. Plato/vino, plato/vino,plato/vino… quince veces seguidas y el comensal de a pie sale apabullado por el ritual organizado  por el sommelier (nueva star de la gastronomía), pero sin saber lo que ha comido y bebido.

Precio del menú corto (aunque Jordi me haya añadido algún plato…).

ALKIMIA

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MUCHO pizzeria. (Barcelona)

Publicado por Philippe Regol el 18/04/2019
Publicado en: BARCELONA. 8 comentarios

No es la primera vez que Jordi Vilà se lanza en el mundo de las pizzas. Ya lo intentó hace una decena de años en un local de la calle Loreto, Saltimbocca, también cerca de la Plaça Francesc Macià.

Esta vez  emprende este nuevo proyecto con un artista de las masas como socio , Xevi Ramón de TRITICUM,. Excelencia garantizada por ambos lados: uno pone la base, el otro la parte de arriba.

Harinas ecológicas, molidas a la piedra, de origen francés para la elaboración culinaria italiana por antonomasia:

LA pizza. La versión triunfante de nuestra coca.

Poca levadura y 72 h de fermentación. Lo que produce unas masas finas y crujientes . El pizzaiolo sardo Christofer Frau no decepciona y domina el oficio a la perfección.

Jordi quiso proponer una carta de clásicas, de revisitaciones (New Classics, como la Cuatro Quesos que lleva Comté!)  y de creaciones (Free Style como la pie de cerdos). Algunos antipasti y solo una pasta: sus aclamados macarrones de Al Kostat o Vivanda.

Ayer se abrió al público y por la noche, ya estaba lleno.

Por lo general, las pizzas gustan. Reconozco que no es particularmente mi caso. Puede que visite una pizzeria un par de veces  al año y casi por circunstancias que me llevan a hacerlo. Nunca encargo pizzas  a domicilio, y cuando  salgo a cenar, no elijo acudir ni a pizzerias ni hamburgueserías.

En este caso, y siendo admirador del trabajo de Jordi Vilà, mi visita era obligada.

Todo está  en rodaje: se nota en

el hummus

Ayer estaba un poco soso y mazacote,

o en

el tiramisú 

algo seco de emborrachado.

Hoy todo esto debe estar corregido. Al salir, hice la foto a un baba ganush que ya tenía mejor presencia que mi hummus,  con sus deliciosos papadums (masa Triticum) erguidos y no aplastados y tapados por las hojas de cogollo como en el plato anterior.

Jordi propone hacerme probar  4 pizzas. Elijo dos.

Napolitana (anchoa, tomate, alcaparras, albahaca y aceitunas negras) 

y

Roma

(sabores de carbonara)

Ambas excelentes. Fueron mis preferidas. La primera por su sabrosa sencillez. La segunda por su masa muy crujiente y su sabor reconocible. El huevo queda fluido. Pondría dos, pensando en  las parejas que las suelen compartir.

Jordi elige las otras dos.  Interesante la pizza

Disfrutti di mare

con  sofrito de azafrán, langostino casi crudo, mejillón y salsa de ostra natural

También un poco de polvo de plancton, sin anunciarlo.  Realmente una pizza fuera de lo habitual.

Como reto, casi para provocar mi reacción , me sirve

 la pizza tropical con mango, aguacate, salsa de jalapeño, cilantro…

Dulce, picante. Creo que puede gustar…

Local  ruidoso. Jordi se adelanta  y me anuncia que también está en vía de solución. Pero había prisa en abrir y yo tenía prisa en contaros esta apertura.

En unos días, os hablo de mi último menú en Alkimia…

MUCHO Pizzeria

Marià Cubí nº 201

93 858 61 61

 

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