Última pequeña crónica de Gascuña, que empecé hace 15 días con La Ferme aux Grives de Michel Guérard.
Hay dos tipos de viajes. El que se hace por motivos gastronómicos claros y el que se hace por motivos turísticos o de simple paseo. En los primeros, se deciden los 4 o 5 restaurantes que te interesan, y, de paso, visitas un poco el entorno, en el segundo caso, el hecho gastronómico es aleatorio y se tiene que buscar algo simplemente “decente” o agradable, a proximidad del pueblo que quieres visitar, que no te obligue a hacer muchos kilómetros a la hora de almorzar. Cuando se elige un restaurante, siempre es un poco una lotería, por muchas recomendaciones de guías o reseñas que hayas leído. Existe esta parte de imponderables. Pero cuando visitas un pueblo en el que solo hay una pizzeria (esta maravillosa elaboración se ha convertido en la comida más banalizada del mundo, junto con la hamburguesa) y una casa de cocina regional para turistas, en la misma plaza del pueblo, mi elección será clara. Me “arriesgo” con el restaurante con productos locales, aunque sé que ni el foie-gras ni el confit de pato que componen su menú a 35€ provendrán de un pequeño productor local que alimenta sus 100 patos con cereales ecológicos y cebados manualmente. Te guardas tus exigencias ortoréxicas para otro día y te preparas simplemente a disfrutar de las maravillosas vistas a la plaza de La Bastide en Armagnac, desde su terraza en los soportales, de su vino local, de ese generoso plato de foie con jamón del país ( pocas bellotas habrá por esta zona de pinos cerca de las Landas), de su dorado muslo de pato con esas patatas fritas en su grasa, que me recordaron las que me hacía mi abuela (momento Proust) , de la rica ratatouille, de una fresca ensalada de lechugas y de un abundante y dulce melón Cantaloup, el melón francés por antonomasia. (A nuestro melón, lo llaman los franceses “melon d’Espagne”).
Solo falló un poco la croustade al Armañac. Totalmente aplastadita. En esos tres días, por la región, no encontré ni una que me recordara la auténtica.
Pero fue un momento de felicidad inesperada. Tal vez la felicidad más grande es la que no se espera.


En el entorno: paisajes de la Gascuña (departamento del Gers). Condom: su catedral y la estátua de los mosqueteros.












