No recuerdo a partir de que fecha dejé de subir al Tibidabo para cenar a LA VENTA. Solo sé que formó parte de mis restaurantes favoritos en una época en la que buena parte de gastronomía barcelonesa estaba instalada en la Upper Diagonal.
En verano, subía a La Venta también para disfrutar de esos dos o tres grados menos de temperatura que se apreciaban cuando se llegaba a la ladera del Tibidabo(con este verano que tenemos ahora, ya no estoy seguro de nada…). Después de cenar, tomaba mi primera copa en la terraza del Merbeyé, con sus vistas a la ciudad y bajaba andando hacia la plaça Kennedy. En invierno subía a comer para disfrutar de los tímidos rayos de sol. La comida era lo que era, pero hace 30 años la cocina en Barcelona también era lo que era, y no me podía permitir muy a menudo el Reno, Jaume de Provença, Can Majó o ni siquiera Tram Tram, cada semana.
Ir a La Venta era como hacer una pequeña excursión sin salir de la ciudad, coger el Tranvia Blau y respirar el aire del la Serra de Collserola. Aun no entiendo cómo he podido dejar pasar tantos años antes de volver.
En esta casa siempre se ha comido lo suficientemente bien como para poder volver, pero nunca para que sea una referencia gastronómica.
Siempre fue un local con un aura especial para la Gauche Divine de los 70, o los habitantes de la parte alta. Los políticos y hombres de negocio tenían (tienen aun, imagino) sus comidas en los privados. A La Venta no se va solo a comer, menos a comentar la comida. Se va a celebrar eventos, a negociar, algunas viejas parejas acuden, lo vi la otra noche, casi a cumplir con un rito de romería pagana. Y los cambios que iban apareciendo, que nunca habrán sido bienvenidos, siempre se habrán hecho a dosis homeopáticas. Efectivamente, ha sido un barco grande difícil de manejar. Una casa en la que la evolución gastronómica ha sido lenta y a trompicones.
La nueva época de este local, antiguamente una simple venta para carruajes del 1903, empezó en el 1975, con su compra por parte de Fernando Amat (el fundador de la mítica tienda Vinçon), y Paco Bosch quien, lo recuerdo, atendía en la sala. Si la memoria no me falla, al final de los 90 (no recuerdo la fecha exacta), mi antiguo profesor de la escuela Arnadi -Hoffman, Bernard Benbassat hizo un asesoramiento culinario de cara a refinar un poco su carta. No quiero imaginar las resistencias a la que se pudo enfrentar con la plantilla de entonces. Aquel profesor nos decía, lo recuerdo, que las finas hierbas como el cebollino se tenía que picar al momento, sino apestaban al cabo de media hora. Haberse formado con Robuchon se apereciaba hasta en estos detalles… En un restaurante como La Venta, que puede servir centenares de clientes al día, con salones para bodas y banquetes, tanta exigencia debió ser difícil de cumplir.

(En mi cena de hace un par de días, vi que se pone casi sistemáticamente ese brote “todo terreno” de sabor random que no aporta nada. ¡Que vuelvan el cebollino y el perejil!). De aquella época de Benbassat, recuerdo raciones más escuetas sin duda, pero con unos platos más cuidados, y demi glaces más brillantes.
Pero duró lo que duró, y aquella subida de nivel no habrá impedido que la casa tuviera, más adelante, problemas económicos importantes, lo que hizo que apareciera en 2012 un nuevo propietario, Luis Vinyes, casi vecino del restaurante y enamorado del lugar, y que lo rescatara.
También recurrió, un par de años después, a un asesoramiento, esa vez pre nouvelle cuisine, recurriendo a su buen amigo Francesc Fortí del Racó del Binu. Aun queda en la carta su soufflé helado de naranja que el mismo Fortí descubrió, hace unas cuantas décadas, en la legendaria Maison Pic de Valencia.(Para los que tienen dudas sobre el origen de este postre : Aquí lo recuerdo).
En mi visita del otro día, me hubiera gustado conocer al nuevo cocinero encargado de la casa. Es el propio hijo del mismo empresario que compró la empresa. Luis Vinyes hijo, recaló, después de toda un largo periplo profesional por el mundo, en la cocina del restaurante de su padre, hasta tomar el mando completo del negocio. Me hubiera gustado poder hablar de los cambios que quiso realizar y de las dificultades a la que se habrá enfrentado. Pregunté si estaba presente. Se me dijo que sí. Pero nadie salió y no insistí. Al final, me enteré que no estaba aquella noche.
Mi impresión es que los cambios, que seguro que los hubo, no se perciben mucho, y diría que, tal vez, no se tengan que percibir : sospecho de que hay una voluntad de que todo parezca que el tiempo se ha parado.
Agradezco a Paula, quien lleva la comunicación, su amable invitación, y al jefe de sala por haberme hecho visitar aquellos salones, la bodega y el Mirador de La Venta, en el que se hacían menús degustación especiales en los años 2000. Aun recuerdo una comida allí. Esta sala, que ahora sirve de privado (creo que por unos 250€), era la mejor manera de disfrutar de las vistas panorámicas. Desde la parte de abajo del restaurante, nunca se han podido apreciar.
¿Será a partir de aquella visita cuando dejé de frecuentar la casa? No lo sé, Barcelona y su “eixample” empezaban a estar muy interesante en aquella época…
¿Y qué tal la comida? Pedí el menú degustación para poder probar varias cosas. El más corto para no abusar. Había otro más completo. Todo muy correcto con posibilidades de mejoras. Lo repito, el volumen de clientela es importante (llegué aun con sala vacía, pero luego se llenó la terraza principal), y no hay que complicar mucho las cosas. Aquí la maquinaria parece funcionar sola, casi por atavismo. Cocina y servicio están obedeciendo reglas precisas. Introducir un cambio en los procesos culinarios o los protocolos de la sala, debe provocar conmociones.
Encontré varias preparaciones un poco sosas, tal vez por prudencia (la consigna debe ser : que la gente pida el salero): la esqueixada (que pedí en extra), la coca de hojaldre, los bastones de berenjenas a la miel (pedí romesco, pero no tenían y me conformé con mahonesa, también muy suave). No me atreví a pedir allioli para la “butifarra amb mongetes”: el servicio de sala empezaba a estar atareado. No quise distraerles con peticiones extravagantes. Me pareció muy rico el chupito de salmorejo y la coca de hojaldre de escalivada, bien crujiente, hubiera podido rectificarse de sal solo estirando la anchoa.
Excelente la pera al vino que me recomendó el camarero (iba a tomar la crema catalana).

Croqueta

Alguien habrá dicho : “Si se pide un vino a la copa, no se enseña la botella al cliente”. Al final conseguí hacer la foto.
Coca de escalibada con anchoa
Berenjenas a la miel
Merluza rebozada con mahonesa
Butifarra de Lleida con judías
Pera al vino
Creo que con frambuesa liofilizada. Aquí, cuando te traen un plato a la mesa no te marean con informaciones. Se deja en la mesa y punto.
Interesante este menú «Joven» que proponen, más o menos parecido al que tomé. Se tarifa al precio de la edad del comensal. De los 20 hasta los 35 (es decir de 20€ a 35€).Mirad la web en catalán, pero lo de la horquilla de edad no está especificado. En todo caso se ve una intención de relevo generacional en la clientela.
LA VENTA
Barcelona











