El olor de la nostalgia
Para cenar en verano…
Nunca hubiera pensado escribir una reseña sobre esta coctelería que hace servicio de restaurante. BELVEDERE , ese nombre banal que se puede encontrar en cualquier pueblo como en la mismísima Viena, y que sugiere un observatorio elevado desde el cual se tienen bonitas vistas, es el que escogieron GINÉS PÉREZ y NATI BALLESTERO para su coqueto local del Passatge Mercader. Al final de los 80 y en los 90, este lugar salía en todas las listas de restaurantes de Barcelona, a caballo entre las recomendaciones de restauración y de coctelería.
En mi día y medio(luego conseguí los dos días) de descanso laboral como cocinero, procuraba visitar todo lo que podía, desde el Azulete hasta el Finisterre, del Mató de Pedralbes hasta el Trapío, de Can Travi hasta Roig Rubí, La Dama o el Petit París. Y seguramente descarté ese Belvedere, por darme la impresión de ser más coctelería que restaurante, aunque no me importaba también frecuentar Boadas o el Ideal de Josep María Gotarda.
Pero he tenido que esperar más de 30 años para que un amigo cocinero me llevara a este sitio, convencido de que ya ni existía. Pero existe aun, con esta pareja al mando, Ginés en la barra y Nati cocinando. Aguantando este pequeño local con fuerza y dignidad, resistentes y felices. Esto no tendrá continuación. Esta barra y sus dos pequeños salones, con banquetas de moleskine y mesas bajas para tomar copas, en un plis convertibles en mesas para comer, se convertirán un día en un ruidoso local para turistas y es cuando habrá perdido su alma. De momento se respira sosiego y ambiente “feutré” como dicen los franceses, es decir como una mezcla semántica de “recogido, silencioso y casi mullido”, en todo caso fuera del tiempo. La vajilla ochentera delata lejanos orígenes, y los platos que llegan, alcachofas, sopa de cebolla o merluza a la donostiarra exhalan olores de cocina de los 80, entre ajo y fumets reducidos. Pero todo está razonablemente rico, tanto la verdura salteada con sus dados de jamón y esa deliciosa y fundente judía blanca (ni siquiera del ganxet), que se ciñe en su papel de simple comparsa pero que se deshace en el paladar. La sopa de cebolla ganaría, sin duda, con un pan mejor, y el tronco de merluza, de una cocción nacarada excepcional, a pesar de ser aceitoso para los gustos actuales, estaba estupendo. (Cuidado con la cayena entera que puede dar una mala sorpresa…).
La cocina de Nati, una autodidacta, como lo cuenta Rosa Molinero en un bonito artículo sobre la casa, que descubrí buscando el poco rastro que ha dejado en la prensa ese Belvedere, es la cocina de cualquier ama de casa de los 80. Sin alardes sin aspavientos. Tal cual. Desde la más absoluta discreción y con el repetitivo gesto diario, el de las mujeres que cocinan en el anonimato de sus familias, desde los tiempos más remotos. Simplemente aquí, la «familia» se hace extensible a una reducida clientela de una decena de personas por servicio. Con sus auténticas patatas fritas(aquí sin las especias de las de los chicos del Arraval🙂) y los pies de cerdo, eso sí, deshuesados, con una simple picada y un sabor más tenue que potente. Y si los nabos no pueden ser de la variedad » negros de la Cerdaña», se usarán unos blancos. Salir del paso como regla de la cocina casera. Por eso me sorprende la complicada extensión de la carta que no se debe proponer siempre, imagino, en su totalidad.
Que nadie se confunda, no estoy recomendando la casa como para una visita urgente. Nada tiene que turbar esta quietud. Sería solo para una noche de conversación tranquila, en un rincón tranquilo de un pasaje del ensanche poco concurrido. Como lo contrario en todo de lo que representa un restaurante de c/Enric Granados…


Alcachofas con jamón
Sopa de cebolla
Merluza estilo Donosti

Pies de cerdo con nabos de la Cerdaña
Tatin con helado de vainilla

BELVEDERE
Barcelona
No busquen ni página web ni instagram…








