En primer plano Hernán Lucchetti, jefe de cocina del Celler
Me faltaba escribir sobre mi segunda cena en el Celler de Can Roca, el martes pasado. La primera fue la que se comentó en algunos blogs y que se sirvió el lunes, a cuatro manos entre Gastón Acurio y Joan Roca: un compromiso siempre difícil de realizar ya que este formato lastima siempre un poco la coherencia gastronómica de un menú. No es fácil mezclar dos estilos tan peculiares como los de estos dos cocineros.
En cambio, la cena del día siguiente, ofrecida a unos cuantos blogueros por gentileza de la Cerveza Damm, era el puro reflejo de la cocina de Joan. Casi todos platos nuevos, al menos para mí quien no acudía al Celler desde hace un año. El único que ya conocía era un plato de alcachofas que había degustado en esta casa hace unos tres o cuatro años.
Hasta los aperitivos que se sirven en representación metonímica de algunos países eran distintos a los del día anterior: Laponia con sabor a rábano, Líbano en forma de hummus, China con su característico sabor a salsa hoisin, México con su mini taco con guacamole y Brasil en un bombón de caipiriña. El mundo en cinco bocados. La visión culinaria glocal del Celler, para utilizar el acertado neologismo ducassiano.
En el menú, platos de sabores suaves y sutiles, característicos de la elegancia de la cocina del Celler, pero también algunos marcados por intensos sabores, como esa ostra con una espumosa holandesa de caza.
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No se repitió el maridaje de vinos sistemático del día anterior basado en doce vinos excepcionales. Aun así, como lo podéis imaginar, el nivel de los vinos era altísimo. En el aperitivo champagne Delamotte y Inedit.
El menú
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La espina de anchoa en tempura (como en homenaje a Josep Mercader del Motel del Empordà). Tosta de pan de maíz con polvo de gambas , bombón de trufa líquido, “tortilla” de alcachofa (técnica de la esterificación pero con una membrana más gruesa).
Caldo de verduras con guisantes del Maresme, mango, dados crocantes de pera (textura) y yemas de erizo. Delicado. Ideal para empezar.
Chaud-froid de espárrago y trufa, helado de espárrago y “salsa” de yema de huevo. No encontré la justificación de la expresión “chaud-froid” que sirve para describir una gelatina que napa o un contraste de temperatura?
Alcachofa frita, daditos de alcachofa y de naranja, crema de alcachofa y de semillas de girasol. En esta proporción el plato está perfecto. Buen equilibrio entre la grasa (pipa, fritura), la acidez del cítrico y la astringencia de la alcachofa cremosa y crocante.
Anguila y angulas a la brasa con ajo y hebras de chile seco. Un poco más de picante no iría mal. La angula es una textura que requiere todas las aportaciones gustativas posibles (si se puede considerar el picante como algo “gustativo” stricto sensu).
La ostra con espuma de holandesa de caza. Un delicioso bocado potente que entronca con un cierto clasicismo o academicismo en el que era frecuente el acercamiento entre la caza (becada por ejemplo) y las ostras.
Brandada de bacalao con su tripa, chalota caramelizada y pak choi. Delicioso.
Besugo con salsa de cítricos, alcaparras crujientes y endibia a baja temperatura. Correcto sin entusiasmar.
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Salmonete con su espina, caldo clarificado, ñoqui de hierbas anisadas y suquet Lyo (extracto seco de la bullinada del plato de salmonete que se suele servir en el Celler desde hace un par de años).Todo bueno pero la construcción un poco dispersa.
“Suflé” (más bien una pequeña charlotte) de trufa y tuétano a la brasa. Brutal. Uno de los mejores bocados del menú.
Otro plato excelente: el cordero de Mas Mercè, con su molleja y una terrina de berenjena blanca con reducción de café
y glace de cordero optativa (para mi, ineludible) en plan dipping, servido encima de un pequeño infiernillo de donde se desprendían efluvios de brasa.
Becada, pechuga y cabeza, con cebolla tierna, naranja confitada, nueces garrapiñadas y enebro. Perfecta.
Refrescante el postre “Nube de limón” (Núvol) (menos el dichoso merengue seco que abunda mucho últimamente…), una versión del postre de Jordi, a partir del cual se creó un perfume homónimo, gracias al trabajo del perfumista Agustí Vidal.
Postre láctico. Ya un clásico de la casa a base de guayaba, requesón de leche de oveja ripollesa, yogur y dulce de leche.
Demasiado dulzona la manzana de feria, con mousse de manzana, helado de caramelo y pequeñas esferas de granada.
Buenos petits.
Dentro de menos de un par de meses sabremos si esta casa se convierte en el mejor restaurante del mundo según la Lista 50 Best. Existen muchas posibilidades de que así sea pero, por sí acaso, preparémonos a cualquier eventualidad. La gastropolítica planetaria de los votantes, que emiten su sufragio sin ninguna justificación de que han visitado los restaurantes que apoyan, funciona por modas o tendencias. Y cada año se escucha versiones para todos los gustos. Según algunos rumores escuchados estos días, interpreto que la cosa funcionaría según una renovación cíclica de paradigmas. Después del periodo ibérico “Bulli”, apareció la ola nórdica de Noma que a su vez estaría a punto de ser relevada por la constelación latina y amazónica…(¿Atala?), antes, imagino, de la irrupción del mundo asiático. No sé si es tan mecánico como esto. Los Juegos Olímpicos y la emergencia económica de Brasil como telón de fondo. Esperar y ver…
La culpa es nuestra por confiar desde hace unos años ciegamente en esta lista, esperando a que nos avalen desde su altivo beneplácito a nuestros grandes restaurantes. Entre ellos el Celler, cuyo nivel no es, por otra parte, cuestionado por nadie.
Muchas gracias a INEDIT, a través de Ana López y a Txaber Allué, por la amable invitación a la cena.

















“Los que estaban presentes el día de la foto en el restaurante”. De los “jefes” hasta la “plonge”.La única foto en la que aparece el cocinero en el libro. Más allá de las enseñanzas de cocina, Barbot nos da lecciones de modestia (no falsa, le conozco lo suficiente como para garantizar que es así de sencillo al nivel personal).