

Este es el 4º post que publico sobre Jordi Cruz en Abac. Hay que añadirle los dos post de Jordi Cruz en el Angle : el de Sant Fruitós (septiembre 2009) y el más reciente sobre el Angle de Barcelona.
De la “vanguardia” a la modernidad
El salto cualitativo en la cocina de Jordi se sitúa entre aquel otoño 2009 y la primavera 2010. Se pasa de una cocina demostrativa, prometedora pero inmadura a una cocina moderna que asume un cierto clasicismo integrándole unos toques técnicos vanguardistas . El nuevo espacio de 2 estrellas requería este cambio y Jordi supo adaptarse de inmediato a la nueva situación. Aplaudible. No era un reto fácil.
En aquel traspaso entre Xavier Pellicer Y Cruz, la michelín hizo lo que dice que suele hacer (pero que no hace siempre). Quitó en un primer tiempo la segunda estrella para, al año siguiente, devolvérsela al nuevo inquilino. Y con todos los méritos.
Estar o no estar
En estos momentos, no sería descabellado pensar que la tercera está por llegar. De los cuatro restaurantes con 2 estrellas de Barcelona, es, sin duda alguna, el que más se la merecería. Al contrario de los otros tres, no estamos ante un asesoramiento. Abac es la casa madre. El restaurante donde cocina Jordi Cruz, flanqueado con un segundo de cocina autodidacta y brillante , David Andrés (ver post donde lo explico).
Jordi se ausenta, ciertamente, en algunos servicios, de su restaurante por las grabaciones en MasterChef, como son ausentes muchos de los grandes chefs de muchos restaurantes del mundo para atender otros negocios o asistir a eventos gastronómicos. Son los nuevos tiempos de la gastronomía y muchos clientes (entre los que han viajado desde lejos) deploran no poder saludar el chef. Es un pecado que Michelín suele perdonar con 1 o 2 estrellas, ¿imperdonable cuando se pretenden tres? No lo sé, pero Ducasse ostenta cuatro restaurantes tres estrellas y no está presente en ninguno…¿Y Pierre Gagnaire? ¿ Y Robuchon? El debate está abierto.
¿Cómo es un 3 estrellas?
El jueves por la noche, mientras cenaba iba reflexionando sobre ese famoso confort que se requiere en un 3 estrellas. Buscaba alguna pega y no la encontraba. Buenas butacas, iluminación perfecta de la sala y de la mesa en particular, temperatura agradable de principio a fin, silencio, a pesar del lleno absoluto y de las conversaciones animadas. Apenas si se podía percibir un sutil hilo musical.
Son, al menos en la alta cocina, las condiciones necesarias para disfrutar plenamente de una experiencia gastronómica satisfactoria.
Y evidentemente servicio de sala profesional pero también muy cercano. Se ha renovado. El sommelier Fernando Pavón se acaba de incorporarse al equipo de Moments. Le ha sustituido Bernat Martínez y como maitre ha llegado Ladislao Velasco Noguera.El primer maître Pablo Sacerdotte estaba ausente ese día.
¿Y la cocina?
Sigue en la misma línea que la con que se arrancó hace más de cuatro años ya. Tal vez aun más madura. Un poco como si Jordi nos dijera “He jugado bastante. Ahora quiero que la gente disfrute comiendo”. Sigue habiendo algunos guiños y una puesta en escena importante (vajilla guapa y a veces “inexistente” como tal : ejemplo el caso de la cebolla). Echo de menos una bonita vajilla blanca de vez en cuando. Todo no debería ser gres.
Platos sabrosos y elegantes. Toques “cocinas del mundo” (ceviche del aperitivo o cigala thai). Platos mediterráneos reinventados ( los espléndidos “risottos” de calamar) acompañados a veces de la acertada reivindicación del ajo, ingrediente tan denostado en la alta cocina (migas, alioli ) y evidentemente del ajo negro, la neo liliácea, hoy inevitable en nuestras cartas. ¿El producto? Ni hace falta comentarlo. Unos loritos recién pescados. Un wagyu japonés sublime, que ya empieza a encontrarse en algunas casas. Textura para quitar el hipo.

El nitro como una oportunidad para el trabajo de sala
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Se empieza en el aperitivo con un sorbete de pisco y tartar de ostra que se sirve en un lulo . Delicioso pero sabe a poco. Un poco más de generosidad en la quenelle, que se derrite pronto…En todo caso, una excelente manera de empezar.

Puerros a la brasa con helado de romesco. Muy bueno pero en este caso también, la quenelle se va deshaciendo antes de que se le pueda hincar al menos una buena cucharada. Casi plantearía el helado como elemento principal, con guarnición de puerros y “topping” de carbón comestible (Lo negro será un color recurrente a lo largo del menú).

Galleta de virutas de foie-gras con aestivium con matices de naranja. Buñuelos de foie : un delicioso detalle clásico afrancesado. Y un concentrado caldo de pato servido en una cáscara de huevo de codorniz. Una prueba del cocinero que podría ser el arranque de un plato algo más construido.

Las cosas un poco más serias empiezan con las cigalas salteadas, con leche de coco y aceite de cayena, almendras frescas, tallos de puerros tiernos. Uno de esas propuestas “viajeras” impecablemente ejecutadas. Excelente.

Pero para bocado goloso, tenemos este brioche frito de anguila ( como unagi a la japonesa). Me gustaron los dos condimentos que le acompañaban: wasabi y alioli. Estimulante fusión. Dos picantes que dan un latigazo a la grasa del bocadillo.

“Carbonara” de piñones (recordamos la piñonada bulliniana), cansalada, yema de huevo de codorniz, pan ahumado y trufa albidum pico, mucho más aromática que la aestivium. Muy goloso también.

Otra prueba, que aun no se encuentra en el menú: la divertida sopa de cebolla de Figueras con esferas de Comté, presentada en una cebolla escalibada. Tropezones de nueces, aceite de anguila ahumada, matices de naranja confitada. Solo faltaría buscar un poco más de untuosidad para el interior de la esfera.

“Arroz negro” de brunoise de calamar justo atemperado y cubierto con una untuosa salsa de tinta. Semillas de pimientos de Padrón encurtidas y, en su interior, migas crujientes con sabor a ajo. Ligero aroma de limón confitado. Tal vez el mejor (o uno de los mejores) platos del menú.
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El “espectáculo” del sabor
Como suelo decir a veces:un plato “brutal”. Una palabra muy manida pero que sintetiza muy bien la impresión que uno tiene cuando degusta un plato que tiende hacia la perfección. En esos momentos, el comensal tiene tendencia a cerrar los ojos y abstraerse de lo que le rodea. Se para la conversación con los otros miembros de la mesa. Y se concentra en la percepción sensorial del gusto/olfato. Es lo que interesa en este caso, ya que el cerebro no puede dispersar su atención . Otras percepciones sólo le podrían distraer. Este reflejo que tenemos a veces, cuando disfrutamos con un plato, de cerrar los ojos (tal vez nos gustaría taparnos también los oídos), demuestra si hiciera falta, que las experiencias multisensoriales, tan de moda últimamente, en las que el comensal se halla sumergido en un sin fin de imputs acústicos y visuales, no hace otra cosa que perjudicar el débil sentido del gusto, en lugar de sumar. El cerebro se satura y al final ya no asimila nada.
¿Qué es lo propio, lo genuino de la experiencia gastronómica, sino la deliciosa percepción del gusto? Vídeos, efectos especiales, visuales o musicales no son más que intrusos exógenos y distorsionadores en la experiencia gastronómica. Mensajes sensoriales multiples que acaban en una cacofonía . Yo prefiero examinar lo que como y “escuchar” los sabores. Liberar todas las vías sensoriales para disfrutar plenamente del gusto.
Me gusta el “espectáculo” interior de la percepción de los sabores. No los shows experimentales.
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Me hacen probar la versión original, en blanco, del plato de calamar. La misma brunoise atemperada de calamar traslúcido pero con chufa hidratada y una quenelle de caviar. Sabores más suaves, si no fuera por la “sal” de las huevas.

Gamba de Palamós a la brasa, con su cabeza prácticamente cruda. Panceta kimchi, lágrimas (carne entre costillas) y pluma de cerdo ibérico. Bun relleno de una farsa de lágrimas, daditos de pepino. Cilantro. Delicioso lacado cantonés. Muy conseguido. ¿Una pega? Todo se come por separado. Reconstruir el plato en vajilla medio honda , con trocitos de cerdo, un jugo más fluido y unas gambitas más pequeñas. Más pepino, tal vez impregnado con cilantro: toque crocante y fresco indispensable. Casi un “guiso” con cuchara. Al fin y al cabo , el “mar y montaña” que se pretendía proponer, pero con algo más de integración.

Siempre me han gustado los pescados de Jordi. Muchas veces fritos. Aquí son los deliciosos loritos (“raons”) de carne blanquísima. Polvo de anchoa, otra vez alioli, algas (wakame, codium, pan de algas, aire decorativo).

Para terminar la parte salada. La excepcional carne de wagyu de importación desde Japón. Ya la había probado en Koy Shunka. Aquí cortada a láminas y acompañada con mucho más delicadeza. Mini berenjenas chinas, papas canarias, esponja de ajo negro (el bizcocho micro suele ser recurrente en la cocina de Jordi), gotas de un buen jugo, alguna juliana de “orangette”. Cocción milimetrada. Platazo.

Burbujas de tónica con mango, limón confitado (el cítrico confitado ha sido constante a lo largo del menú) y ginebra. Postre fresco, necesario en ese momento para transitar hacia la parte dulce. Aprovecho para agradecer que la parte salada no estuviera contaminada, como ocurre muchas veces, por una inoportuna presencia dulce (menos tal vez en la coca de foie).

Una versión del “mel i mató” : “roca” (o esponja con agujeros diminutos) de chocolate blanco y trufa (tuber albidum pico), mantequilla salada, crema de queso.

Sutil y elegante trampantojo. Representa una almendra tierna pero se trata de una base de melocotón baby japonés, bizcocho de yogur, crumble de especias, helado de amaretto Disaronno.

Petits-fours. Catania (con licor de amaretto, otra vez), nube de chocolate blanco, macarón de yuzu, teja de almendra, caramelo al cacao con su papel comestible.

Mejorable el pan de aceituna negra
Después de una copa de un excelente cava (para que no se diga que no se apreciar también el espumoso de la tierra…), disfruté con una muy buena recomendación del nuevo sommelier, quien supo entender lo que buscaba. Un beaujolais “de sed” de 12º de graduación y que se consume en verano a una temperatura de 14º.
Menús 135 € y 165 €. Maridaje 85 €
Carta :48€+52€+15€

L’ABAC
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