Carta de Josep Sucarrats, director de la revista CUINA en respuesta a algunos comentarios publicados en le post del mismo nombre.
En primer lugar, quiero agradecer a Philippe la amabilidad de dedicar uno de sus posts a nuestra revista. Philippe suele comentarme críticamente esta publicación de la que soy director y por ello doy gran valor a sus opiniones, sean favorables o desfavorables.
Podría mentir y decir que me sorprendió el cariz que tomaron algunos comentarios al post de Philippe que, en lugar de responder a su contenido, se andaban por las ramas con temas que no venían al caso. Pero seis años de director de Cuina ya me han curtido. Por eso mismo, primero pensé que no merecía la pena rebatirlos. Al fin y al cabo, si apetece publicar una revista de cocina en catalán, cosa que no es ilegal, ¿qué justificación hay que dar? Se publica y, si se vende, permanece. Y, si no se vende, desaparece. Que la compre quien quiera. Ley de mercado. Fin. Pero después del inclasificable comentario de Juan de Elche no me he podido reprimir, aunque dudo de que mi punto de vista sirve para nada. Los prejuicios no se pueden combatir con argumentos racionales y yo, que no soy psicólogo, sólo sé rebatir con argumentos racionales. Así que, para qué engañarse, sin muchas esperanzas de ser leído (ya no digo comprendido), voy a responder.
Cuina —inicialmente llamada Descobrir Cuina— nace en 2001, en plena euforia gastronómica de Catalunya: Adrià, Ruscalleda, Santamaria y muchos otros abanderaban una nueva visión de la cocina y la restauración. Y había un público interesado en ello. En aquellos momentos, Edicola —la división de revistas de Edicions 62, un importante grupo editorial catalán— testó la recepción que tendría una revista que respondiera al fenómeno. Concluyó que tenía interés, y no se equivocó: el número de lanzamiento vendió 22.000 ejemplares.
La revista apareció en catalán. De los 40 millones de habitantes de España, 12 millones comprenden el catalán (se le llame como se le llame). Esta es una comunidad cultural lo bastante importante como para ser considerada comercialmente. Existía un público dispuesto a comprar publicaciones en esta lengua. Y proyectos como Cuina se dirigieron a este nicho de mercado.
Este nicho de mercado sigue existiendo. Cuina se ha estabilizado en unos 15.000 ejemplares mensuales vendidos (esto es, pagados por los subscriptores o por las personas que acuden al quiosco, no regalados en un autobús ni en las puertas de los centros oficiales). Los datos son rigurosos y oficiales y se pueden consultar en la Oficina de Justificación de la Difusión (OJD). Igualmente, la auditora independiente A.C. Nielsen, a través del Baròmetre de la Comunicació i la Cultura, mide oficialmente la audiencia de nuestro medio y la sitúa alrededor de los 70.000 lectores mensuales. Estos datos son públicos, independientes y oficiales. En Catalunya, la única publicación culinaria mensual que nos supera es Cocina Fácil, que se dirige, evidentemente, a un lector muy diferente.
Estos datos deberían dar a entender que el proyecto de Cuina, como cualquier proyecto de comunicación (escrito en la lengua que sea) es un proyecto cultural (como lo son Vogue, La Gaceta o Esquire), pero también dan respuesta a aquella inquietud de algunos lectores de este blog sobre el interés comercial real de nuestra cabecera. Basta con que llegue en sus manos un ejemplar de Cuina para comprobar la presencia notable de publicidad en nuestras páginas.
Hoy la revista pertenece a la editorial Sàpiens Publicacions, que, además de Cuina, publica, también en catalán, dos revistas líderes (también según OJD) en sus respectivos sectores en Catalunya —Sàpiens, de historia, y Descobrir Catalunya, de turismo— con ventas equivalentes e, incluso, superiores a las nuestras. Edita también la revista infantil Súpers. Sàpiens Publicacions es una empresa cooperativa los socios de la cual, como es mi caso, son sus trabajadores. La publicidad y las ventas son la principal fuente de ingresos de la empresa, que actualmente recibe ayudas y publicidad institucional igual que las pueden recibir medios como El Mundo, ABC o La Razón, por ejemplo, y probablemente, en estos tres casos, en cantidades superiores. Cabe decir que este tipo de ingresos, como es evidente, se han reducido drásticamente y van a menos. Pero, afortunadamente, no son la base de nuestro presupuesto. Por eso seguimos aquí. Y me apetece añadir, además, que nuestra editorial nunca ha dispuesto de los niveles de apoyo financiero que grandes entidades bancarias, algunas de las cuales hoy intervenidas con dinero público, han prestado a publicaciones, consideradas nacionales, de dudosa viabilidad comercial y económica. Las razones que llevaron a apoyar estos proyectos, las desconozco.
En Suiza no se publican revistas en suizo. Sí se publican en alemán, en francés, en italiano y en romance. Y no pasa nada. En Bélgica, como no existe la lengua belga, se publican en francés y en flamenco. Y en Canadá se publican en inglés y en francés. Y podríamos seguir con más ejemplos. No entiendo porque en España tiene que levantar ampollas que se publiquen revistas en catalán, en euskara o en gallego. Y que además se vendan bien. A veces tengo la sensación de que utilizar el catalán resulta ofensivo per se a determinadas personas y eso es algo que nunca lograré comprender. Supongo que se debe al prejuicio de considerar que existen lenguas de primera y lenguas de segunda, prejuicio anacrónico que suele aflorar en las acusaciones de provincianismo, como la que emite en su comentario el usuario Sansonuro.
En este sentido, me suelo encontrar con situaciones absurdas. Como cuando un periodista gastronómico madrileño, después de felicitarme por la revista, me comentó: «pero yo, ya no te digo de publicarla en castellano, yo es que la publicaría en inglés», pero claro, no en catalán (por mucho que en esta lengua tenga un mercado consolidado). Recientemente, José Peñín publicó un post en su blog que contenía varias falsedades, dudo que no intencionadas, sobre el etiquetaje del vino en catalán. En un párrafo se refería a «la utilización de vocablos con apóstrofes de difícil lectura para el consumidor universal». El consumidor universal —que no sé quién es— debe consumir poco más que vino etiquetado en castellano, ya que los «apostrofes de difícil lectura» existen también en francés y en inglés… ¡Y ellos sin enterarse! El hispanocentrismo lingüístico ha hecho mucho daño. España es uno de los estados europeos donde menos se domina el inglés (total, ¿para qué?, ¡hablando español!) y que menos valor da a sus lenguas minoritarias (total, ¿para qué?, ¡hablando español!). Y resulta que esto no es provincianismo.
Igual que en castellano (sobra que explicite mi respeto a este idioma), en catalán se puede hablar de física cuántica y de cocina. Y una revista escrita en provinciano catalán como Cuina ha dedicado portadas als calçots i al pa amb tomàquet, pero también al wok, al salmón escandinavo y al gazpacho. Sin complejo alguno. Con rigor y con pasión por la cocina. Nuestros referentes son las mejores revistas gastronómicas del mundo, principalmente anglosajonas: Olive, Delicious, Good Food, Saveurs… ¿Que por qué ninguna editorial ha apostado por hacer un producto similar al nuestro, pero en lengua española? No tengo ni idea.
Siendo como es Cuina una revista que habla de cocina, uno se pregunta que debería responder a una pregunta de tintes paranoides como «¿el objeto de la publicación es la gastronomía pura y dura o usa la gastronomía como caballo de Troya donde “esconder” sus fines u objetivos reales?» Mi hipótesis es que existen realidades mediáticas paralelas en las que florecen este tipo de preguntas cuánto menos ridículas. Y que me disculpe Juan de Elche, autor del disparate en cuestión.
Perdonen la extensión de este comentario, escrito desde la estima que uno siente por su trabajo honesto. Mejorable, muchísimo, pero honesto. Me produce cierta tristeza y desazón tener que rebatir periódicamente falsedades y suposiciones gratuitas y maliciosas basadas en la ignorancia y el prejuicio y que, además, usan mi lengua como arma arrojadiza. Por lo que me permito terminar con la traducción de un pensamiento certero pronunciado por el intelectual Ovidi Montllor (Alcoi, 1942-Barcelona, 1995):
«Hay gente a la que no le gusta que se hable, se escriba o se piense en catalán. Es la misma gente a la que no le gusta que se hable, se escriba o se piense».
Josep Sucarrats, director de Cuina.
