Reconozco que, antes del viernes pasado, nunca había visitado la Bodega Sepúlveda. Es, sin embargo, un templo de la cocina tradicional/popular en Barcelona, no sé si a la misma altura que Can Pineda, pero al menos del mismo estilo. La estética del lugar no deja lugar a duda. Recuerda esas bodegas donde se compraban los vinos a granel (aun existen en algunos barrios). Poco a poco se iban introduciendo platos de comidas hasta convertirse primero en tabernas y luego en pequeños restaurantes, en los cuales las barricas se han ido manteniendo sólo como nostálgica decoración. En el fondo es el mismo proceso (que he contado varias veces aquí) que se siguió en Francia con los bistrós y las brasseries.
Me gustan los sitios con solera. Mil veces más que estos restaurantes del centro de la Barcelona turística que han salido como setas con un design de falsa rusticidad y cartas con falsas” moderneces” llenas de tatakis, reducciones de balsámico y mucha rúcula.
La Bodega Sepúlveda era, como lo decíamos, una taberna cuando Llorenç Solà, y ex maître del rey Alfonso XIII y el abuelo del actual propietario, la compró en 1952 y la trasformó en lo que todavía es en estos momentos. Se conserva esta estética cañí que gusta tanto a los turistas que nos visitan. Un público extranjero que disfruta con estos altillos de fonda campestre,
(con algún detalle kitsch), ajustados a su imaginario. Pero también es frecuente ver en este lugar a Concha Velasco, cuando actúa en el Teatro Goya o, como el viernes pasado a Rosa María Sardá, asomarse por la puerta del comedor. Son las caras conocidas de una “mayoría silenciosa”, alejada de los lugares trendy, que da la espalda a la cocina moderna y que disfruta con platos “vintage” . Es una realidad que a veces queremos ignorar. Curiosamente nos encontramos a 50 metros de la Fábrica Moritz que plantea también una carta de cocina popular (eso sí, puesta al día) pero en un ambiente totalmente contemporáneo…
La carta de la Bodega Sepúlveda es un “pot-pourri” de platos tradicionales catalanes (esqueixada, escalibada, guisos de garbanzos con butifarras) con platos de la cocina vasca ( como las cocochas de merluza), morcilla de Burgos y platos que se pusieron de moda en los años 80, algunos afrancesados y clásicos como el entrecôte Café de Paris o “creativos”, como los ínclitos dátiles con beicon . Hay también platos del día cantados fuera de carta, basados en un producto excelente como las cigalas (doy fe que aun se movían en la vitrina) o pulpitos diminutos salteados, que se cobran a precios “importantes”, pero elegantemente especificados por el camarero.
Pero ya estoy oyendo vuestra pregunta: “¿Al final, cómo se come?”
Razonablemente bien.
La croqueta de “carn d’olla” no es la del Coure, pero se deja comer.
La sardina escabechada tiene una sabrosa rusticidad tal vez alejada de la elegante caballa del Suculent, pero es digna. Servida en una vajilla “op art años 70”.
Los langostinos al ajillo, están ricos (a pesar del ajo un poco germinado) e invitan a mojar pan en su juguillo perversamente aceitoso. La vajilla sigue siendo inadecuada…
Sin mucho interés (¿por qué haberlas pedido?, me diréis) las patatas gratinadas con queso.
Correcta la carne del entrecôte (Nebraska) pero hay que deplorar la maldición que recae sobre la salsa a la mantequilla Café de París: siempre aparecen cortadas…
Buenos los pies de cerdo a pesar de la salsa un poco “atomatada”.
Rico flan de mató, poco dulce. Buen sorbete de limón (marca Sarrate) que se sirve con marc de Champagne, cava o fresitas. Carquiñolis.
85 € por dos personas con dos copas de vino (un verdejo de Rueda cuya bodega no recuerdo y el tinto de Viña Alberdi). Pan con tomate y un agua. Digestión impecable…
BODEGA SEPÚLVEDA
c/Sepúlveda nº 173
93 454 70 94
Cerrado sábado mediodía y domingo.

Hace unos 5 años iba al menos una vez por semana al Sepúlveda, porque me quedaba cerca del trabajo y entonces hacían unos menús de mediodía (2 platos y postre) a precio excelente. Luego lo quitaron y ya solo se podía «tapear» a precios de carta. Pero recuerdo con nostalgia esos almuerzos, porque entre los platos a escoger siempre había algunas de las tapas tradicionales y cosas poco frecuentes, al menos alejadas del clásico menú de 10 euros que encontramos en cada esquina. Desde entonces no he vuelto, y el post me ha devuelto la nostalgia…