4 comentarios el “LA REVOLUCIÓN CULINARIA DEL DULCE SALADO”

  1. Estoy plenamente de acuerdo contigo.
    Y sigo esa misma lucha contra el exceso de dulzor en los platos salados.
    Una cuestión interesante que complementa ese resumen histórico, pudiera ser el incluir en el debate referencia a la cocina andalusi y mozárabe en Andalucía y resto de territorio hispano conquistado.
    Una cocina en la que sin duda «lo dulce» (frura, frutos secos, mieles…) se mezclaba con lo salado.
    Ahí lo dejo.

  2. Me parece un tema muy interesante. Yo añadiría, en esta evolución, una cuestión geopolítica que me parece que está en su base: el empleo del dulce en platos salados era una constante al menos desde las cocinas griega y romana clásica. Pero tenemos que tener en cuenta que lo que sabemos de ellas, como de la medieval o la renacentista, es esencialmente sobre las cocinas económicamente pudientes, sobre las mesas nobles, etc. Y estas endulzaban, en buena medida, porque podían. Tenían acceso a la miel, después al azúcar, y podían permitírselo, así que hacían alarde de ello integrándolo en todos los platos.

    Algo similar ocurrió con la sal hasta que se liberalizó su comercio y se desarrolló la tecnología para extraerla de forma masiva. Hasta entonces, la sal era un símbolo de distinción y los grandes saleros (como el de Francisco I que diseñó Cellini o el que aparece sobre la mesa del Duque de Berry en Las Muy Ricas Horas) eran una de las joyas domésticas más preciadas de las casas que podían pagarlas.

    Una vez que Francia comienza su expansión comercial en el Caribe (Martinica 1635, Guayana 1643) y en África (Senegal 1659, Madagascar, etc.) ya no depende de otras potencias coloniales para acceder al azúcar, que baja de precio y deja de ser un signo de distinción. Ya no resulta tan interesante como símbolo de estatus, porque mucha más gente puede permitírsela, y por eso en los libros de cocina de esas élites económicas empieza a teorizarse sobre una cocina en la que el azúcar ya no es un ingrediente esencial y se relega al apartado dulce, donde mantiene su estatus al vincularse a elaboraciones técnicamente muy complejas que solamente pueden desarrollar obreros cualificados que, una vez más, sólo se pueden permitir las mesas más pudientes.

    Es decir, no hay tanto un cambio de gusto como un cambio de moda. O, más bien, un cambio de gusto motivado por un cambio de la moda que, a su vez, está causado por un cambio de estatus de algunos productos: se relega lo que ya no otorga prestigio. Por eso mismo, por ejemplo, en esa época empiezan a valorarse (no tanto en Francia como, por ejemplo, en Flandes) las frutas frescas, como cítricos y frutas de hueso como el melocotón, precisamente las que no podían producir, tenían que importar y, por lo tanto, eran más caras.

    Por eso el azúcar desaparece de la cocina salada burguesa (y de sus libros) pero permanece en cierta medida en las cocinas populares, en las que hasta el S.XX siguió siendo un producto costoso que no podía utilizarse siempre.

    Y en cierto modo, ese es el mecanismo que hace que esté regresando a veces. De nuevo como símbolo de estatus, o más bien de distinción: la cocina normal no usa azúcar, así que yo, que quiero diferenciarme, quiero aparentar una cierta distinción, la empleo. Aunque todo eso, ahora, esté además contaminado por la influencia en redes sociales, la banalización de algunas formas de alimentarse y, sobre todo, por una globalización del gusto que tiende a lo dulce, a lo cremoso, a lo suave y a lo graso.

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