Volver a Casa Leopoldo…
Quince días después de su apertura me acerco a la mítica Casa Leopoldo del Raval barcelonés. Este establecimiento creado en 1929 (otros dicen en el 36) y regentada en las cuatro últimas décadas por Rosa Gil, tuvo que cerrar sus puertas hace un par de años. Había resistido la guerra y los peores años del llamado “Barrio Chino” (calles con las poblaciones inmigradas hacinadas y la prostitución aledaña) pero tal vez no se supo adaptar a los nuevos tiempos que parecían justamente más favorables a un negocio de ese tipo: apertura de la luminosa Rambla del Raval, edificación justo enfrente del espectacular hotel 4 estrellas Barceló Raval o de la moderna y concurrida Filmoteca de Catalunya.
A pesar de la pobreza del barrio, las señoras con pieles y los señores trajeados, que visitaban el Liceo próximo, se dividían entonces entre los “ressopons” del restaurante Quo Vadis del “carrer del Carme” o las cenas furtivas en Casa Leopoldo en la estrecha y sórdida callejuela de Sant Rafael.
Sus otras clientelas eran de todos conocidas: eran personajes del mundo taurino o intelectual, ese último atraído por las referencias “carvallescas” de las novelas de Vázquez Montalbán.
Y también quien escribe este post, recién llegado a Barcelona y sin un duro en el bolsillo, acudía a cenar el menú del día de esta casa, compuesto muy a menudo de un perfecto pescadito frito que se armonizaba con los maravillosos azulejos de las paredes.
Luego llegó la decadencia de la casa (no solo culinaria) coincidiendo con los nuevos aires gastronómicos de la ciudad y la progresiva denostación de los referentes taurinos. Y finalmente el cierre.
Pero un lugar así no podía desaparecer de esta manera de la vida de los barceloneses. Es lo que pensaron Oscar Manresa (dueño de muchos negocios como Las Torres de Alta Mar o Casa Guinart en la Boquería (un antiguo colmado también acertadamente rescatado del posible olvido) y Romain Fornell (ex Palace e instalado desde hace unos días con su Caelis en el restaurante del hotel Ohla de la Vía Layetana).
La reforma del espacio de Casa Leopoldo se ha hecho con buen gusto y ha sabido mantener el ambiente original para que se siga respirando el ambiente encantador de fonda ilustrada que siempre tuvo.
No pueden tampoco faltar las típicas fotos de los ínclitos visitantes que pisaron la emblemática casa. Mi fijé en esta que reúne de una manera totalmente extraordinaria a Adrià, Santamaría, Ruscalleda, Arzak y Berasategui. ¡Para enmarcar! Y es justamente lo que se hizo!
En cuanto a la carta mantiene los clásicos de la casa : los buñuelos de bacalao, el rabo de toro (ya de vaca…), las piezas grandes de pescado al horno y el famoso “tortell” de la pastelería Lis de la vecina calle Riera Alta. En fin, unas bocanadas de recuerdos “retros” para algunos y algo que puede ser un descubrimiento para las nuevas generaciones, curiosas de conocer un pedazo de historia gastronómico de la ciudad.
Comimos bastante bien pero me gustaría sin embargo señalar algunos detalles tal vez mejorables.
En el caso de los buñuelos de bacalao se trata de mucho más que de un matiz. Están demasiado pastosos a mi gusto.
En cambio la croqueta de jamón, sin ser extraordinaria, se dejaba comer.
En las sugerencias del día elegimos los boletus salteados con ajo (suave). Excelentes de textura y cocción.
Rico el guiso de albóndigas, sepia y langostinos. No sé porque el camarero se lleva la cazuela. Igual nos gustaría rebañar , con el excelente pan del Forn de Sant Josep, la salsa que seguramente quedó en el fondo.
Muy sabroso el arroz del Senyoret a pesar de hacerse con el omnipresente y muchas veces inoportuno carnaroli Acquarello. Usar esta variedad (destinada, lo recuerdo, a los risottos) obliga al cocinero a humidificar demasiados los arroces “secos” como este , tradicionalmente elaborados con senia o bomba., variedades más idóneas. El resultado en boca, en el mejor de los casos, es una textura granulada exagerada que se aleja de la textura propia de nuestros tradicionales arroces secos de Cataluña , Valencia o Alicante.
El carnaroli Acquarello es sin duda un gran producto pero se está convirtiendo en la variedad “multi usos”. Elección facilona por parte del cocinero, justificada por su pretendida versatilidad funcional (“no se pasa”) pero que se hace en detrimento de la diversidad gastronómica de las elaboraciones de cocina.
Llegamos a los postres:
Tatín con el hojaldre reblandecido.
La crema catalana es en realidad una deliciosa “crème brûlée” de perfecta textura. La capa de azúcar, solo quemada en el centro, no estaba particularmente gruesa como ocurre en muchos restaurantes (por ejemplo en el Hispania), pero aun así la aparté para disfrutar mejor de la untuosidad de la crema.
(Se cobró una “copa de cerveza” que no sé de donde salió. No revisé la cuenta en el momento…) y siempre me sorprende el cobro del “cubierto”.
La copa de Bollinger una vez servida… Ni una gota más.
En resumen. A pesar de algunos de mis comentarios, es una casa que pienso sin duda visitar más de una vez para ir conociendo su carta. Además tiene la particularidad de abrir cada día. Cosa que se agradece.
CASA LEOPOLDO
Barcelona
(a 50mts de Suculent…)
