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MASTERCHEF (4)

EXITO MERECIDO

Sigo disfrutando mucho con Masterchef. Y por lo visto, no soy el único, si se observan los índices de las audiencias que se están manteniendo altos.

Sin despreciar Pesadilla en la cocina (que tiene sin duda su gracia), Masterchef combina con inteligencia el aspecto “reality” con las jugosas reflexiones gastronómicas del jurado (sobre todo por parte de Jordi y Pepe).

Hay más enjundia gastronómica en estas pequeñas frases que se cuelan después de los recortes del montaje que en 20 años de programas de recetas que vemos por televisión. Y me atrevería a decir que hay también más humor que en algunos de estos mismos programas salpicados por rancios chistes sexistas.

Masterchef es un programa de entretenimiento, ciertamente, pero alcanza su objetivo de socialización de la gastronomía, gracias a estas pruebas que mezclan clasicismo, tradición (como la coca catalana del último programa) y hasta la play-food de Akelarre (tal vez lo último que habría que enseñar a unos cocineros en formación, pero aplaudible en nombre del espectáculo necesario para agradar a la audiencia).

Solo comparar este programa, basado en el esfuerzo personal y la voluntad de superación, con otros como Gran Hermano, que hacen la apología de la vagancia y escenifican, en nombre de no sé qué experimento sociológico, la inanidad de la que puede ser capaz una parte del género humano, debería hacer reflexionar a los que aun manifiestan reticencias.

EL FONDO Y LA FORMA

Esta semana hemos podido ver dos platos que otra vez alcanzan categoría de auténticos paradigmas. Y así lo entendió Jordi cuando los señaló como dos estilos de cocina prácticamente opuestos.

El primero, el de José David (siempre capaz de lo mejor y de lo peor). Una menestra moderna con sus verduras cocidas aparte y una crema de judía que formaba el hilo conductor.

Y una “lasaña” de verduras, elaborada por Eva, que la cámara supo perfectamente mostrar, y que parecía implorar “¡cómeme!” , a pesar de carecer de la cuidada estética del otro plato. Plato que desprendía “Cocina” , como lo señaló muy justamente Jordi. Es decir verduras bien sofritas, confitadas, cocinadas, con estas circulaciones sinergéticas de los sabores y de los jugos, que impiden a veces la identificación de cada ingrediente, pero que seguramente se deshacían en la boca. Mientras que el plato de José David, técnicamente perfecto, parecía estar falto de “rock and roll” gustativo.(Me gusta está metáfora musical).

A partir de la constatación de esta dicotomía (la modernidad del aislamiento de los ingredientes y la estética del emplatado, versus el plato más sabroso pero sin presencia), me permitiré acabar el razonamiento implícito. La solución sería, en mi opinión, la fusión entre estas dos vías. La cocina es grande cuando combina el sabor y la estética. Lo sabroso con lo conceptual. El fondo y la forma.

“Cuando hablaba de elegancia, dice Jordi en un momento dado, no me refería al aspecto del plato. Sino a la elegancia de los sabores”.

 

Y hasta Samanta, que se confiesa “víctima de las presentaciones”, saluda la magnífica coca de Juan Manuel con la frase “Está bonita, y sobretodo está muy buena”.

Mientras que José David, en su obsesión por “de-rusticizar” los platos tradicionales a los cuales se enfrenta, se perdía en “pétalos” de tomate (calificados de cursilería por parte de algun@s de sus compañer@s) y huevos de codornices pochados, que el jurado vio extemporáneos. Las formas previas al fondo…

En fin, menos mal que a la despensa del Corte Inglés, todavía no llegado el obulato…

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