UN BOCADO DE HISTORIA
La encantadora terraza del “Siete Puertas”
Las 7 Portes de día
La terraza por la noche
Hay 500 personas al día que se acuerdan del restaurante barcelonés Les 7 Portes. Un icono gastronómico de la ciudad de la cual nos olvidamos a veces los que vivimos en Barcelona pero que no dejan nunca de visitar los “guiris” con buen criterio. Si un turista estuviera de paso en esta ciudad y tuviera que hacer una sólo comida, le recomendaría Les 7 Portes. ¿Cómo entender los méritos de la cocina catalana moderna si antes no se conoce la escalivada o el arroz Parellada?
Bajo los porches decimonónicos d’En Xifré, quien encargó en 1831 la construcción del edificio que quería emular los pórticos interminables de la calle Rivoli de París, se esconde la historia viva de la gastronomía catalana. Cambiaron los propietarios, los cocineros ejecutores y los asesores (después de gran cocinero leridano Josep Lladonosa, acaba de incorporarse nuestro estimado Jean-Luc Figueras). Hoy dirige este buque insigne el señor Paco Solé Parellada, tercera generación de la saga familiar. Celoso por preservar las esencias de esta casa pero al mismo tiempo deseoso de que ésta no se quede fijada en su esplendoroso pasado. La eterna paradoja de Lampedusa.
La otra noche, sentado en la deliciosa terraza, estaba consciente de que, desde aquellas siete puertas que se abren sobre el paseo Isabel II, 175 años me contemplaban…
Intentaré evitar entonces, y por respeto, una crítica al uso, en las que analizo pormenorizadamente los platos. Ni ganas. La felicidad de ese momento me lo prohibiría.
Pero sí puedo decir que disfruté de la impecable esqueixada de bacalao (exquisita melosidad y perfecto punto de sal, casí un empedrat con las pocas judías que lleva), del “esgarraet” valenciano con sus diminutas migas de bacalao sin desalar ( la “sal” del plato) y algunos piñones, de los calamares a la romana, carnosos y tiernos y del impecable e icónico arroz Parellada (uno para dos es la ración perfecta, 21 €), con butifarra y langostita.
No pude resistirlo. De postre un Pijama, ese plato combinado kitsch (también para compartir, 9 €) compuesto de un flan, de helados de fresa y leche merengada, frutas confitadas, nata montada y sobretodo el melocotón en almíbar. ¿Versión cañí de la “pêche Melba” de Escoffier? Peach Melba nos llevaría, según me cuentan, a pijama pronunciado en catalán… Si non è vero, è ben trovato. O al menos es una explicación simpática.
Servicio muy atento y violinista que ameniza la cena con standars melifluos pero también con alguna pieza de música barroca…
El rosado de la casa con su etiqueta firmada Milton Glaser (autor del logo I love NY)
Tenéis aun más de un mes y medio (hasta finales de septiembre) para redescubrir la terraza de Les Set Portes. Cada noche.
En mi próxima visita, pido la “zarzuela”.
Pura cocina emocional…
